“El que hace trampa es porque no tiene coraje para ser honesto”, Mario Benedetti.

Por Álvaro Morales de León

A punto de aprobarse en la Corte Interamericana de Derechos Humanos la exclusión de los delitos de injuria y calumnia para los que ejerciendo con seriedad, rectitud y honestidad el periodismo sean denunciadas por quienes se puedan sentir afectados con sus escritos.

Por lo anterior, y aunque dicha decisión aún esté en trámite, estoy seguro que por los hechos a los que me referiré, que son de conocimiento público y trámite judicial, no incurriré en ninguna violación de derechos ni en violación al Código Penal, porque, además, todo lo expresaré bajo el principio de la presunción mientras no haya un dictado judicial en firme, aunque sean hechos que se presuman como ciertos.

A diferencia de la propuesta de un congresista para que se aprueben las Escuelas de Padres en los colegios; en Cartagena, por el contrario, parece que desde hace tiempo tuviéramos una, pero no precisamente de padres, una a la que bien podríamos llamar como una “Escuela de tramposos”, escuela desde donde con trampas se coadministra la ciudad por algunas personas que traicionando al pueblo mancillan el nombre de su Institución y usurpar el título de honorables. Esa Institución es el Concejo de Cartagena.

Por la brevedad del espacio solo me referiré a algunos que vinculan a Concejales que como lugar habitual de sesiones tienen un salón que lleva por nombre el de una honorable mujer, esa sí, Josefina de la Espriella de Gómez Naar.

Veamos, desde el año 2016 se envejece en un Despacho Judicial de la ciudad una decisión judicial contra el actual concejal Cesar Pión y el exconcejal Américo Mendoza acusados por pretender reajustar ilegalmente los honorarios de sus colegas en suma igual a $7.200 millones sin contar con el requerido Certificado de Disponibilidad Presupuestal cuando ejerciendo como Presidente y Vicepresidente del Concejo, respectivamente

Sigamos, durante el primer año del cuatrienio 2016-2019, al frente de la presidencia del Concejo estuvo Javier Curi Osorio, del que podríamos decir que por las trampas empleadas es el gran responsable de todo el desastre administrativo provocado por la elección irregular de Nubia Fontalvo como contralora distrital.

Pero las trampas en el Concejo, por sí solas, no dan frutos si no son acolitadas por otros compinches de esta Corporación como ocurrió cuando en esa misma elección, la de Nubia Fontalvo, trece Concejales acompañaron las trampas de la Mesa Directiva, concejales a los que solo cuatro años después, la parsimonia de Procuraduría les promulgó un inocuo pliego de cargos, permitiéndole a dos de ellos regresar al Concejo, Lewis Montero y Luis Cassiani.

No podemos dejar por fuera al tristemente célebre David Dáger, quien ejerciendo la Presidencia del Concejo para el año 2015 fue el autor de la contratación de una firma con vínculos familiares que más que encargada de la selección de candidatos para la Contraloría fue la encargada de meter como fuera a Nubia Fontalvo en la terna, elegirla, y así cumplir con el compromiso contraído bajo trampas.

En el 2019 el turno en la presidencia del Concejo fue para Oscar Marín Villalba, quien, no teniendo escrúpulos ni respeto por la ley, ni por el fuero sindical decidió de manera irregular declarar insubsistente al jefe de la Oficina Jurídica del Concejo para encargar en ella, según dicen, a una simpatizante de él.

Finalmente, llegó el 2020, y con él nuevamente llegaron al Concejo algunas personas con las mismas mañas y trampas, afloradas, primeramente, con la elección de la Personera, y posteriormente con la del Contralor, elección envuelta en todo tipo de cuestionamientos, presuntas irregularidades, componendas y trampas para que continué en el cargo el que a algunos de esta “Escuela de Tramposos” les conviene que siga ejerciendo como encargado.