¡Adiós, Mara!

Apenas la conocí –hace unos treinta y pico de años– simpatizamos. Era alegre, desparpajada, sincera, de palabrota fácil –como yo–, y de un corazón tan grande como el cerro de La Popa. Además, era fanática irreductible de la radio –como yo– y gran bailadora de los porros de Lucho Bermúdez y las cumbias de Pedro Laza y sus Pelayeros.

En la radio, como periodista, locutora y ejecutiva –era tan entradora que vendía hasta un bazar– Marina Barrios Carrasquilla, era amiga cercana de estrellas del dial. Era común verla en el Mercado de Bazurto o en la Torre del Reloj, hablando de tú a tú con Napoleón Perea, Melanio Porto Ariza o Juan Gossaín. Nunca se les quedaba atrás a la hora de comentar strikes, jonrones, jabs, nocauts o de las chivas del día.

Amaba a Cartagena, conocía todos sus rincones y disfrutaba como niña sus calles y plazuelas. Sabía al dedillo quién era quien: apellidos, orígenes, nombres, descendencia y hasta los apodos de varias generaciones atrás. No solo sabía de apellidos ilustres, sino también de muchos afrocartageneros a los que ayudó cuando promovía campañas cívicas en Todelar, Caracol o RCN. A muchos –me consta– regalaba de manera desabrochada su quincena o iba hasta la Olímpica o al Magally a comprarles “un algo” para llevar a casa. A veces, revisaba sus carterones y, de repente, recordaba que había regalado su plata.

Su otra pasión eran las fiestas del Once de Noviembre. Desde mitad de año empezaba con su cantinela para que la desidia no matara los festejos populares que recuerdan la independencia de la ciudad del ‘Tuerto’ López. En ‘pringacaras’ -como llaman en Cartagena a los buses sin ventana– viajaba hasta la Sociedad Portuaria o la zona industrial a pedir apoyo para las fiestas. Muchas veces le echaron las puertas encima, pero en tantas otras salió airosa con contribuciones que servían para revivir comparsas, armar carrozas, comprar ajuares para las reinas o pagar orquestas como la de Joe Arroyo. Nadie le reconoció este gesto de afecto hacia sus tradiciones.

Otra de sus obsesiones era el Reinado Nacional de la Belleza. Tenía ojo de águila para decir quién sería la nueva Miss Colombia desde el momento en que las beldades bajaban del avión en el Rafael Núñez. Los periodistas tenían en ella a una consultora gratuita que, sin alardear de canutillos y lentejuelas, cantaba su veredicto a 40 grados bajo la sombra: “¡Esa es la nueva reina!”. Por eso se ganó la confianza de doña Tera, la dueña del concurso, y su heredero, Raimundo Angulo. Además, sus transmisiones del reinado –en modestas emisoras– eran más escuchadas que las de las grandes cadenas. Allí, acompañada por Léster González, Mara dibujaba con destreza verbal cómo era un desfile en pasarela.

En la amistad era de una pieza. Y a la hora de la solidaridad, su hombro servía para esconder las lágrimas, diciendo con gestos: “Aquí estoy contigo”. Esa amistad se traslucía en sus colegas a quienes conocía con nombres y apodos, muchos de los cuales ella ayudó a imponer. Era común oír la sonoridad de su voz y sus risotadas podían sentirse desde los callejones del Pie de La Popa hasta las casonas de Castillogrande. Esas carcajadas, acompañadas de palmotadas, eran parte de su sello personal.

Se fue Mara, sin despedirse ni darnos el consabido abrazo, sin un momento para comentar las últimas travesuras radiales. Su salud física –y también la afectiva– empezó a deteriorarse desde el momento en que le birlaron un modesto contrato en una entidad cultural. Pese al estoico acompañamiento de su hija Isa, su yerno Irvin Pérez y sus tres nietos, su voz se fue a paso lento. Su ánimo decayó y aquella fiesta sonora que antes contagiaba, se transformó en indecibles monosílabos. No volvimos a hablar de Discos Fuentes, del Rocky Valdés –su amigo–, ni de las romerías de La Candelaria y tampoco de los paseos al Guamo y las aventuras de Kalimán.

Se fue diluyendo como los buenos radios de antes a los que se les acababan los tubos originales y nunca más –aunque les pusieran repuestos importados– volvían a prender. Y así, como dice Rufo Garrido en su legendaria cumbia, Marina Esther Barrios Carrasquilla –la entrañable Mara– se fue yendo, “como se acaban las velas cuando las van apagando”.

Por Vicente Silva Vargas