Aguacero de sangre

Por Daniel Herrera 

Imagínese llegar a su pueblo, después de varios meses de no verse con sus amigos, logran armar una reunión para compartir un rato, todo va bien hasta que llegan unos extraños sujetos con capucha y armas a irrumpir en la reunión, encierran a las mujeres y ponen a los hombres en el piso, para después empezar a disparar indiscriminadamente contra todos, eso fue lo que pasó en Samamiego y que pasa en todo el país, pero que no vemos debido a qué en Colombia se ha derramado tanta sangre por la guerra, esto nos ha hecho sufrir de una enfermedad más tenebrosa que cualquier pandemia, una llamada: insensibilidad, profesamos esa vieja costumbre de la que hablaba Saramago en ensayo sobre la ceguera: «La de pasar al lado de los muertos y no verlos». Quizá Saramago se inspiró en la histórica realidad colombiana para escribir su distopía.

Sí, piense en su mejor amigo o amiga, en la muchacha o el muchacho que le gusta, en ese primo al que quiere como un hermano o ese vecino buena gente que se preocupa por las cosas del barrio o del pueblo, porque aquí, el día de mañana cualquiera de nosotros podría ser la siguiente víctima. Le comprendo, solo pensar en esa idea genera un nudo en la garganta, ¿no?, eso es lo que sucede cuando dejamos de ver a los muertos como números y estadísticas, y pasamos a verlos como nuestros seres queridos, lo importante es que recuerde que éste es el miedo que viven en su día a día las familias de la Colombia profunda, de la Colombia de verdad, la de Ricaurte, Norcasia, Puerto Santander, Tumaco, Arauca, San José de Uré, Santander de Quilichao, Venecia, El Tambo, Andes, Llano verde(Cali), Palmar, Jamundí, Tibú y demás municipios que históricamente han sido perjudicados por todos los actores del conflicto, territorios en los cuales la gente pedía paz (como lo muestran los resultados del plebiscito), una paz que como siempre se les negó, denegación por la que hoy siguen con las venas abiertas, derramando sangre. Uno cuenta lo que está pasando, parafraseando a Ricardo Silva, no parece posible decir “pasó”, ya que uno en el fondo se queda con el temor de decir “pasará”, porque aquí, señoras y señores esas hermosas palabras del himno que exclaman:” En surcos de dolores, el bien germina ya”, solo se quedaron en un sueño plasmado en letras de Rafael Núñez, en la Colombia en la que nacimos nos dimos cuenta que la horrible noche nunca cesó. Hablando de símbolos patrios, dicen por allí que a causa de las masacres el rojo hoy es el protagonista de la bandera.

Mientras tanto, el gobierno nacional termina haciendo el papel de extranjero(al mejor estilo camusiano de la expresión), mostrándose indiferente, distante, lo que no es algo extraño teniendo en cuenta el cómo se ha desempeñado históricamente, sino tan sólo recordemos algunas declaraciones de la actual vicepresidente Martha Lucía o aquella inolvidable declaración del exministro de defensa, Luis Carlos Villegas, en la que manifestaba que no existía ningún tipo de organización detrás de los asesinatos a líderes sociales y que “la inmensa mayoría de los asesinatos de líderes sociales en las regiones son frutos de un tema de líos de faldas”(hasta julio del 2020 en Colombia fueron asesinados 349 líderes sociales, el 52% de estos crímenes ocurrieron en el actual gobierno, según las cifras que entregó la Unidad de Investigación de la Fiscalía).

Y para no fallar a esta característica tan clásica el presidente Duque llegó a Samaniego con una entrada triunfal, levantando los brazos como si hubiese algo que celebrar, para posteriormente responsabilizar exclusivamente al narcotráfico, dejando de lado los demás factores que están afectando gravemente a las comunidades y que terminan desencadenando en estos trágicos sucesos. Factores cómo lo son la recomposición del paramilitarismo en el territorio nacional, con ello la aparición de nuevos actores armados que se disputan el negocio de las drogas, todo esto prácticamente que orquestado por un estado que termina siendo responsable por acción u omisión al incumplir a las familias campesinas con la sustitución de cultivos, al no querer construir sobre lo construido y dedicarse a maquillar la implementación del acuerdo de paz(el cual tenía entre sus objetivos minorizar la violencia), al cambiar asuntos tan importantes como el verdadero dolor de las familias víctimas o la responsabilidad del gobierno por su falta de presencia en estas zonas, lo cual le da fuerza a los grupos armados para hacer y deshacer, por debates gramático-jurídicos, al decir que se debe llamar “homicidios colectivos” a las masacres, un eufemismo arropado de falsa corrección jurídica que nos deja observar de lejos la créme de la indolencia, todo esa “pertinente aclaración”, a la cual no se le ve ni lo pertinente ni lo clara, para rematar con cifras mal dadas en las que se comparan la cantidad de “homicidios colectivos” durante los 8 años del gobierno santos con la de su gobierno(que apenas lleva 2 años), para intentar mostrar de alguna forma que le ha ido mejor o que el no tiene culpa, la tiene el pasado gobierno, que la culpa la tiene la vaca, en vez de hacer la correcta comparación entre los 2 años inmediatamente, anteriores(2015- hasta julio 2017), en los cuales se presentaron un total de 29 masacres con un total de 120 víctimas, con las de 41 masacres con 210 víctimas(que van desde el 2018 hasta julio de 2020), hoy 30 de agosto ya son 47 “homicidios colectivos”. (Cifras suministradas por el director de áreas dinámicas del conflicto de la fundación ideas para la paz, Juan Carlos Garzón). Dejando en evidencia con estas comparaciones que para el gobierno las víctimas son únicamente cifras, olvidándose de que esos muertos tienen nombres, son hijos, sobrinos, lideres, quienes más que representar meros números representan historias, luces, sí, luces que fueron prematuramente apagadas.

En definitiva, el gobierno solo ha dejado en las palabras su discurso favorito, aquel discurso de 2 palabras, el de la famosa seguridad democrática, al cual yo considero que se le debe llamar por otro nombre, también de 2 palabras, paz simulada. Los colombianos que habitan en las zonas donde no llega el estado dan fe ello.

Presidente, no queremos más entradas triunfales, tampoco nos interesa que llegue prometiendo estadios mientras nuestros pueblos se están ahogando en la miseria del dolor, la fórmula de pan y circo no acaba con la tragedia que todos los días cobra más vidas lo que necesitamos es que se siente a escuchar el dolor de esas madres, que se responsabilice, que en realidad se apropie, que demuestre que puede escuchar los gritos desgarradores de las madres, el llanto desconsolador de niños que quedan huérfanos, de los hermanos que exigen justicia, de los pueblos desangrados que imploran por paz, que le importan esas voces y que en concordancia comience a trabajar por garantizar la seguridad y vida de todos, haga que ésta pintura del diario vivir, pintura que hoy se parece a la Guernica de Picasso, pase a ser un pasado, un pasado que nos transforme la visión del presente, para así poder edificar un mañana en el que la historia no se siga escribiendo a base de tinta color rojo. Necesitamos verdaderas soluciones, no aspersión de glifosato, necesitamos erradicación de cultivos, infraestructura, acompañamiento y generación de oportunidades.

Las madres en el litoral cantaban ¿a quién le duelen nuestros hijos?, ¿a quién le duele nuestra gente? esperemos que todos nuestros muertos sean más que la “memoria de la tinaja”, que se impregnen en el imaginario colectivo colombiano, para que de la mano trabajemos en evitar que estas situaciones vuelvan a pasar, que todo éste aguacero de sangre no quede tan sólo en el olvido, en como dirían Borges y Héctor Abad Faciolince en ese “olvido que seremos” que aquellos versos de Toto la Momposina, en “aguacero de mayo”, no pasen a ser la voz de los que ya no están y de los que no estarán aquí:

“Mañana cuando me vaya, quien se acordará de mí, solamente la tinaja, por el agua que bebí.»

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