Por Manuel Raad Berrío
Hablar de Inteligencia Artificial es hoy la regla en todos los congresos, foros, cocteles y empresas, pero en la mayoría de los espacios en que he podido participar se siente como si esa fuese la única tecnología emergente que está transformando nuestra realidad, cuando, por ejemplo, la robótica, la bioinformática, la computación cuántica y otras, separadas o en convergencia representan verdaderas y profundas revoluciones. En la salud hemos visto cómo en los últimos años nos tocó convivir con algoritmos que predicen lo que pensamos, traducen en imágenes las ideas sin que sea necesario hablar y permiten incidir de formas increíbles en la calidad de vida de personas con parkinson, distonías, lesiones de medula espinal e incluso depresiones resistentes a los fármacos, entre una lista creciente de enfermedades atendidas que generan un crisol de optimismo para el bien de la salud humana.
Sin embargo, frente a este optimismo fundado, resulta imperativo preguntarnos: si tenemos el poder de incidir positivamente en el cerebro humano, ¿cuáles son los riesgos y responsabilidades éticas que ello implica? ¿se podrán insertar y borrar memorias o ideas? ¿se podrá instruir al sujeto sobre determinadas conductas (un asesinato tal vez)? En este punto, no puedo dejar de pensar en la película “Batman Returns” (1992) en la que un genial Danny de Vito personificando al “Pingüino” crea un ejército de pingüinos que él controlaba a su voluntad, y valga reiterar con insistencia deliberadamente reiterante: “la voluntad de él, la suya, no la de ellos”.
La respuesta técnica es que sí es posible pensar el futuro con algunos “pingüinos” y lo que el séptimo arte advirtió en esa película de hace más de tres décadas, la ciencia lo está demostrando como un avance más rápido de lo que la ley alcanza, pero hoy la discusión se traslada a un terreno más profundo: el del propio cerebro humano y ya no se trataría de un ejército de pequeños pingüinos, sino de hombres y mujeres aparentemente obrando en libertad, pero bajo el comando remoto de gobiernos o corporaciones. Las neurotecnologías —capaces de leer o incluso influir en la actividad cerebral— ya no pertenecen al reino de la ciencia ficción. Frente a ellas surge un concepto que redefine los derechos humanos del siglo XXI: los neuroderechos.
Estos nuevos derechos buscan proteger la mente como espacio inviolable de la persona. Si la inteligencia artificial domina los datos externos, la neurotecnología amenaza con acceder al dato más íntimo de todos: el pensamiento. La NeuroRights Initiative propuesta desde la Universidad de Columbia propone cinco principios esenciales:
- Identidad personal, para impedir que la tecnología altere la conciencia del “yo”.
- Libre albedrío, que garantice que las decisiones sigan siendo humanas.
- Privacidad mental, frente al uso indebido de datos neuronales.
- Acceso equitativo a la mejora cognitiva, para evitar nuevas brechas tecnológicas.
- Protección frente a sesgos algorítmicos, que podrían reproducir desigualdades.
Chile ya marcó el camino al consagrar constitucionalmente la “inviolabilidad de la mente humana”. En cambio, en Colombia el debate apenas comienza. Aunque contamos con normas sobre protección de datos (Ley 1581 de 2012) y derechos digitales incipientes, nada impide hoy que empresas o gobiernos puedan recopilar, interpretar o manipular información neuronal mediante dispositivos de consumo o sistemas de reconocimiento emocional.
Regular las neurotecnologías no significa frenar la innovación. Por el contrario, supone garantizar que el desarrollo científico se mantenga dentro de límites éticos. Si en el siglo XX protegimos la libertad de expresión y la privacidad de la correspondencia, hoy debemos salvaguardar la libertad de pensamiento. La mente es el último espacio de autonomía del individuo, y dejarla sin protección legal es abrir la puerta a su colonización tecnológica. Y así lo ha entendido la UNESCO, que hace sólo 4 días aprobó el primer marco global sobre la Ética de las neurotecnologías, reconociendo los riesgos y proyectando medidas que debemos tomar como países para la protección efectiva de los derechos humanos en lo que hoy llamamos Neuroderechos.
Enlace al documento UNESCO: “DRAFT RECOMMENDATION ON THE ETHICS OF NEUROTECHNOLOGY” https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000394866.locale=es
La Recomendación de la UNESCO, resultado de más de 8,000 contribuciones globales, va más allá de principios abstractos: exige que todos los datos neuronales se clasifiquen como sensibles, prohíbe expresamente el marketing durante estados de sueño, y establece que el uso laboral o educativo debe ser estrictamente voluntario con consentimiento “antes de”. Aunque no es vinculante, funciona como soft law que 194 Estados miembros pueden traducir en legislación nacional, con seguimiento mediante informes periódicos. Con un mercado proyectado en USD$29.74 mil millones para 2030 y dispositivos de consumo ya proliferando en auriculares y pulseras inteligentes, el documento llega en el momento crítico en que la neurotecnología abandona los laboratorios para instalarse en la vida cotidiana.
En este contexto global, entendemos que Congreso colombiano tiene ante sí un desafío histórico: legislar antes de que la tecnología legisle por nosotros. Los neuroderechos son el nuevo horizonte de la dignidad humana. No se trata solo de prevenir riesgos futuros, sino de defender hoy la soberanía más esencial: la del pensamiento.
El riesgo es más grande que lo que podemos imaginar, si hoy nos sorprende el libro 1984 de Orwell escrito 1949 sobre “Gran Hermano” que todo lo ve – nos resulta preocupante a quienes creemos en el camino de la Democracia, las neurotecnologías representan una amenaza contra la mismísima libertad humana, sin la cual no es dable concebir las democracias. Así, si no damos la discusión democrática para tomar medidas legislativas, la próxima batalla por la libertad no se librará en las calles, sino en el interior del cerebro.











