José Vicente Figueroa. Escritor y empresario cartagenero.

Instagram: @josevicentefigueroa

Hace pocos meses se encontró un objeto perdido entre la exhibición de la casa-museo Rafael Núñez de Cartagena: un pañuelo de seda con el escudo de Colombia bordado con los cabellos post-mortem del ex presidente (1825-1894). ¿No es extraño? ¿Por qué unas monjas benedictinas lo elaborarían en 1897? Este acontecimiento, querido lector, es una excusa para debatir sobre los dispositivos de poder empleados en su gobierno de “regeneración”.

Pero primero entendamos el contexto de la época: la práctica de usar cabellos u otras partes del cuerpo del fallecido tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XVIII en Europa como una forma de conservar la memoria de los familiares. Así mismo, en nuestras comunidades de herencia indígena y africana se empleaban éstos en amuletos con el fin de mantener un vínculo cercano con la persona antes y después de morir. Incluso hoy en la comunidad palenquera, las madres aguardan fotos de sus hijos en tejidos de cuerdas y otros elementos con fines religiosos/espirituales.

No obstante, lo curioso del pañuelo es que en él no fue bordado el nombre o la cara del ex presidente sino el escudo de Colombia, lo cual corresponde una visión política sobre Núñez: fue él quien instauró símbolos patrios como el himno, que fue oficializado en 1920, el escudo, que fue ratificado hasta 1924, además de la reforma a la constitución política (1886). Fue él quien, en síntesis, pretendió resolver la pugna entre las visiones conservadoras y liberales y engendró un plan nacional para construir un sujeto alejado de la barbarie: un nuevo colombiano.

Y pese a su tendencia liberal, la cual se manifiesta incluso en sus primeros escritos de juventud de estilo romántico-francés, construyó o reconstruyó en muchos casos ciertos dispositivos de poder que amoldarían dicho prototipo de ser humano, a saber: el banco nacional (1880), la policía (1891) y la escuela que, de nuevo, estaba alineada con la iglesia y enseñaba la doctrina mediante manuales de convivencia.

Es decir, ahora el Estado decidirá la cantidad de un préstamo de acuerdo al historial comercial de cada persona, podrá intervenir en las riñas públicas y la delincuencia común y mediante unas cartillas de urbanidad, estipulará el modelo para escribir una carta, ir vestido a la iglesia, bañarte, atender una visita, participar en clase, aspirar a un empleo, leer las escrituras, caminar en la calle, responder a una persona mayor, entre otras.

El propósito de la “regeneración” era consolidar un sujeto dócil y alejado de la barbarie o pecado, o lo que dijera el sacerdote y maestro en general. Y por extraño que parezca, dichas ideas de corte conservador que fueron instauradas en la edad media europea y el periodo de la colonia fueron, aunque contradictorio, promulgadas por el presidente y su naciente gabinete como una extensión de la modernidad.

Y si bien ciertos críticos le acusan de fraude o mentiroso por su tardía inclinación conservadora, debemos detenernos en algo: en un país sin sentido de identidad nacional como consecuencia de las atrocidades de la colonia que clasificó a las personas en razas, poder adquisitivo e incluso lengua, quizás, el único rescate era consolidar un prototipo de hombre común: un nuevo colombiano que, aunque dócil y restringido en libertad, podía garantizar los mínimos para una convivencia pacífica entre semejantes. Es, incluso, la apuesta para crear “ciudadanos” con deberes y derechos, sobre todo lo primero por supuesto, y acabar con las “criaturas”.

Por eso su pañuelo está bordado con el escudo: no solo porque escribió la letra del himno y creó instituciones o dispositivos para regular un país sino por su apuesta ferviente a la consolidación de la identidad nacional. Identidad que hoy, pese a los fenómenos de despolitización y radicalización en la ciudadanía, confluyen en el imaginario social.