Se ha vuelto común escuchar, casi como un estribillo de cafeterías, la frase despectiva de que en Cartagena la inversión se convirtió en “puro cemento”. Esta afirmación es de aquellos que observan la ciudad desde la distancia, acostumbrados al pavimento desde nacimiento o tras el confort del aire acondicionado.
Sin embargo, para quienes han tenido que proteger sus zapatos con bolsas plásticas para asistir a una entrevista laboral, o para la madre que ve a su hijo llegar al colegio con el uniforme lleno de barro, el cemento sobrepasa su utilidad de material de construcción: es un acto de justicia y dignidad social.
Es necesario hablar claro: el cemento por sí mismo es inerte. Pero cuando se convierte en una calle en un barrio que durante décadas solo conoció el polvo en verano y se convierte en un barrial en invierno, ese cemento adquiere un nuevo significado: libertad.
No se trata simplemente de inaugurar placas. Se trata de permitir que una ambulancia llegue hasta la puerta de la abuelita que no puede caminar. De lograr que el pequeño comerciante ya no vea su mercancía arruinada por la lluvia. Una calle pavimentada marca el final de un aislamiento histórico; es decirle a miles de cartageneros que dejaron de estar solos, es mostrarles que hoy tienen un respaldo institucional.
Al observar barrios como Nelson Mandela o Canapote con nuevos hospitales que, tras años de abandono, se han convertido en muros sólidos gracias al esfuerzo colectivo, la narrativa cambia.
Y es que ya no hablamos de metros cuadrados de construcción, sino de salud digna y seguridad. Es la certeza de saber que la sanidad está cerca y no tras una odisea de tráfico y abandono.
Invertir con responsabilidad en infraestructura es la única manera real de cerrar las brechas. La igualdad no es solo un discurso poético; comienza por el suelo que pisamos. Es la valorización de la casa levantada con esfuerzo durante treinta años y que hoy, gracias a ese “cemento”, vale lo que realmente merece.
Cartagena no está hecha solo de piedra y mezcla. Cartagena está compuesta por personas que esperan, sueñan y que ahora, por fin, pueden ver, Lo que por muchos años estaban esperando.
No debe haber confusión: el progreso social no es una idea abstracta. El progreso se toca, se camina y se siente bajo los pies. En nuevos colegios, comedores para niños y adultos mayores, parques y canchas donde hoy familias disfrutan en escenarios que hasta hace poco eran potreros.
Cuando una comunidad recupera su calle y se conquista y transforma el fango y la maleza, esa gente recupera su orgullo. Y una ciudad con orgullo y dignidad es una sociedad que nadie puede detener.
Por eso hoy podemos decir Cartagena no es puro cemento; es dignidad recuperada.
✍🏽 Columna de opinión por Carlos Raad.











