La grandeza de reconocer al otro

GABI ALMEIDA

Hay una virtud que parece estar desapareciendo de nuestra sociedad: la capacidad de reconocer al otro.

Y no hablo de admirarlo, seguirlo o estar de acuerdo con todo lo que hace. Hablo simplemente de reconocer cuando alguien hace algo bien. Reconocer un logro. Reconocer un aporte. Reconocer una idea valiosa, incluso cuando viene de alguien que piensa distinto a nosotros.

Parece sencillo, pero cada vez es más difícil.

Vivimos en una época donde muchas personas sienten que reconocer al otro es perder una batalla. Como si aceptar que alguien tuvo una buena idea, consiguió un resultado importante o está haciendo algo valioso fuera una amenaza para nuestro propio valor.

La realidad es exactamente la contraria.

Entre más rápido entendamos que siempre habrá alguien mejor que nosotros en algún aspecto de la vida, más rápido empezaremos a crecer.

Siempre existirá alguien que ya recorrió un camino que apenas estamos comenzando. Alguien que tiene una habilidad que nosotros no hemos desarrollado. Alguien que ha cometido errores de los que podemos aprender. Y, al mismo tiempo, siempre habrá alguien que pueda aprender de nosotros.

Eso no es bueno ni malo. Es simplemente la naturaleza de una sociedad compuesta por millones de personas.

El empresario puede aprender de otro empresario. El estudiante puede aprender de quien ya se graduó. El líder puede aprender de otro líder. El político puede aprender de otro político.

Pero para que eso ocurra hay un requisito indispensable: reconocer.

El escritor y filósofo francés François de La Rochefoucauld escribió una frase que sigue vigente siglos después: “Todos tenemos suficiente fortaleza para soportar los males ajenos”. Muchas veces observamos los logros de los demás con una mezcla de indiferencia, sospecha o resistencia. Como si aceptar su éxito nos obligara a cuestionarnos a nosotros mismos.

Y allí comienza el problema.

Cuando dejamos de reconocer, dejamos de aprender.

Cuando dejamos de reconocer, dejamos de construir puentes.

Cuando dejamos de reconocer, empezamos a caminar solos.

Esto se ve con especial claridad en el ambiente político que vive Colombia.

Estamos frente a una de las elecciones presidenciales más polémicas y polarizadas de nuestra historia reciente. Y pareciera que la única narrativa posible es la descalificación permanente.

Si una propuesta viene de mi sector político, es brillante.

Si la misma propuesta viene del contrario, es un desastre.

No importa si la idea es buena o mala. Lo importante es quién la dijo.

Y ese es un camino peligroso.

Porque una sociedad madura no es aquella donde todos piensan igual. Es aquella donde las personas son capaces de reconocer lo valioso incluso en quienes piensan diferente.

Reconocer no significa rendirse.

Reconocer no significa convertirse en seguidor.

Reconocer no significa estar de acuerdo con todo.

Reconocer significa tener la suficiente grandeza para aceptar que una persona puede aportar algo positivo aunque no comparta nuestras posiciones.

El problema es que durante años hemos recibido el mensaje contrario. La política moderna, no solo en Colombia sino en buena parte del mundo, ha encontrado rentabilidad en la confrontación permanente. Los extremos generan audiencia. La indignación genera interacción. La destrucción del adversario genera aplausos.

Pero fuera de las redes sociales existe la vida real.

Y en la vida real las sociedades avanzan cuando colaboran.

Los emprendedores lo saben. Los empresarios lo saben. Los profesionales lo saben.

Cada vez son más las personas que sienten que recorren caminos solitarios. Que deben resolverlo todo por su cuenta. Que no encuentran espacios para aprender de otros ni para compartir experiencias.

Y una de las razones es precisamente esta cultura donde reconocer parece haberse vuelto una debilidad.

Yo no puedo aprender de alguien si primero no reconozco que tiene algo para enseñarme.

Y tampoco puedo enseñar si el otro se niega a reconocer que puedo aportarle algo.

Por eso la grandeza de reconocer al otro no es un acto de generosidad. Es un acto de inteligencia.

En Cartagena encontramos un ejemplo interesante.

La ciudad atraviesa un momento de transformación visible en materia de infraestructura pública. Se están ejecutando obras que durante años fueron reclamadas por la ciudadanía. Hay proyectos que avanzan a un ritmo que hacía mucho tiempo no se veía.

¿Eso significa que todo está perfecto? Por supuesto que no.

Siempre existirán errores, retrasos, aspectos por mejorar y críticas legítimas.

Pero una cosa es señalar lo que falta y otra muy distinta es negarse a reconocer lo que sí está ocurriendo.

Reconocer un avance no elimina el derecho a criticar.

Reconocer una obra no obliga a respaldar una administración.

Reconocer un resultado no significa renunciar a la vigilancia ciudadana.

De hecho, las sociedades más maduras son precisamente aquellas capaces de hacer ambas cosas al mismo tiempo: reconocer lo bueno y exigir lo que falta.

Porque el verdadero problema aparece cuando llegamos al punto donde nada merece reconocimiento.

Cuando todo es malo.

Cuando todo es insuficiente.

Cuando cualquier logro debe ser minimizado porque lo hizo alguien con quien no coincidimos.

Ese camino no construye ciudadanía. Construye resentimiento.

Ojalá cuando pasen las elecciones, cuando bajen los ánimos y cuando la política deje de ocupar cada conversación, podamos recuperar algo que hoy parece escaso: la capacidad de reconocer.

Reconocer que alguien hizo bien una tarea.

Reconocer que una idea merece ser escuchada.

Reconocer que una persona puede enseñarnos algo.

Reconocer que el éxito ajeno no disminuye el nuestro.

Porque al final, las sociedades no avanzan cuando todos compiten por tener la razón. Avanzan cuando tienen la humildad suficiente para aprender unos de otros.

Y quizás allí radique una de las formas más auténticas de grandeza: reconocer el valor del otro sin sentir que perdemos el propio.

Columna de opinión por Santiago Peñaranda.

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