Al parecer, este sector del mundo aún no entiende el papel que cumple dentro del conjunto de individualidades llamado sociedad. Y sé que no soy quién para emitir semejante juicio. Pero sí estoy seguro de algo; la población  que representa la juventud en Colombia se encuentra atrincherada en las cómodas salas del facilismo. Y lo que es aún más profundo; muchos, por no decir la mayoría, no saben de qué se trata ni de dónde proviene su pasivo, apático y »rebelde» comportamiento.

Aunque… ¡tranquilos!, no sólo la juventud enfrenta problemas; muchos adultos siguen viviendo en el ayer. El ejemplo más claro lo vimos en aquellos que se rehusaron a cambiar el modelo costumbrista y eligieron a los mismos personajes políticos. Las urnas ya hablaron.

No obstante, mi mayor preocupación se encuentra ligada al hacer. Al ¿qué hacer para entender? Una pregunta difícil de responder. De cualquier forma, estoy convencido que la academia juega el papel más importante para dar con la respuesta. Pienso que las escuelas no han notado que los nuevos individuos vienen amoldados de fábrica a la cultura de la inmediatez que ofrecen las nuevas tecnologías. Por esa misma razón no se adaptan a la cátedra magistral -que por cierto aún sigue dictándose con mucha fuerza- y están desinteresados por el conocimiento.

Este nuevo habito de la rapidez, que recién nace, recae sobre muchos actores de la sociedad; existe hibridación entre una cultura tecnológica, una tradicional dominante y una última que está siendo relegada. O lo que es igual a una sociedad que no conoce a sus integrantes, que tiende a confundir roles y que está destinada a cuestionarse.

Los más jóvenes creen tener la verdad revelada porque saben utilizar esas nuevas herramientas. Los adultos intermedios creen tener la verdad revelada porque están aprendiendo a utilizar las nuevas herramientas y a la vez fueron educados con principios que, a su parecer, nunca debieron desaparecer. Los ancianos creen tener la verdad revelada porque ya vivieron lo que «había que vivir», criaron con buenos principios a sus hijos y nunca necesitaron de esos dichosos ‘aparatejos’.

Ahora bien, la pregunta sería quién tiene la razón. Pero no se trata de eso, sino de llegar a un núcleo común dentro de los márgenes que ofrece la conversación y así poder entendernos. En teoría, es tan fácil como eso, aunque en la práctica sea mucho más complejo (como las leyes nacionales). Para ser más preciso, aquí el problema es que aun sabiendo que todo el proceso se resume en dialogar, todavía no queda tan claro cómo hacerlo. Y esa es la constante búsqueda en que debemos situarnos.

Si no organizamos los pequeños debates desde el hogar, somos cómplices de este camino de lo incierto. Y si no somos capaces de hacerlo cuanto antes, la naturaleza misma se encargará de hacerlo, pero con la diferencia de que será ella quien siente las reglas del juego. Y cuando me refiero a la naturaleza estoy hablando de los seres humanos que están a punto de someterla (y no estoy exagerando).

Hay algo de lo que más estoy seguro; llegará un tiempo obscuro, si no actuamos con inteligencia, en el que sin saberlo, por las calles, unos a otros preguntaremos con desesperación y torpeza: «¿VOLVEMOS A LA CAVERNA?».