por: Rubén Dario parra padilla.
Nadie pensó que en el barrio Daniel Lemaitre se robarían algo tan cotidiano como unos
mafufos. Pero pasó, y no fue solo un robo: fue una señal de lo que está ocurriendo en
silencio en nuestras calles.
Era la mañana. El sol apenas comenzaba a salir cuando un camión llegó con 1.500 ladrillos.
Felipe, quien era el encargado de llevar a cabo la trasladación del material para un segundo
piso, llamó a varios jóvenes para que lo ayudaran. Trabajaron duro durante toda la jornada
y, al mediodía, hicieron una pausa para almorzar.
En medio del descanso, llegó un estudiante del colegio y pidió colaborar para terminar de
trasladar más rápido los ladrillos. Según se había dicho, les pagarían 40 mil pesos a cada
uno. Sin embargo, al llegar más personas, el dueño de la obra solo dejó 120 mil pesos,
cantidad que apenas alcanzaba para tres trabajadores. Aun así, ellos decidieron
organizarse y repartir el dinero en partes iguales. En total eran cinco, y aunque el pago no
alcanzaba, Felipe acomodó todo para que cada uno recibiera algo justo.
Ya en la tarde, alrededor de las tres, Felipe subía con tres ladrillos en sus brazos hasta el
plafón, el segundo piso en construcción. Desde allí observó el patio del vecino de la casa de
abajo. Fue entonces cuando vio cuatro plantas de plátano; algunas ramas se asomaban por
el techo y por un callejón estrecho. La tentación apareció de inmediato.
Llamó a uno de los jóvenes y le propuso tomar un gajo de “mafufos”, como le decían a los
plátanos pequeños. El joven aceptó. Felipe le pidió que buscara un cuchillo, pero al no
encontrar nada, corrió hasta su casa, que quedaba cerca, tomó uno y regresó. Con cuidado,
se subió al techo.
Al principio se escuchaban voces en la casa del vecino, lo que lo obligó a detenerse por un
momento. Pero cuando el silencio volvió, Felipe continuó. Cortó la rama de plátanos y se la
llevó, haciendo algo de ruido, aunque sin ser descubierto. Al final, repartió con el joven lo
que les correspondía: cuarenta mafufos.
Ya entrada la noche, Felipe sintió que no era suficiente. Quería más plátanos, quería
abundancia para poder comer. Entonces recordó que había dejado otra rama. A las 12:30
de la madrugada decidió regresar por ese segundo gajo.
Pero esta vez no estuvo solo. Un grupo de personas, entre ellos un niño llamado Andrés, lo
vio. Para guardar silencio, le exigieron parte de los mafufos. Felipe, sin muchas opciones,
accedió y logró salir del lugar con el resto.
Sin embargo, la situación no terminó ahí. La madre del niño se dio cuenta de lo ocurrido y
fue directamente a su casa. Allí, delante de todos, regañó a Andrés hasta que el niño soltó
lo que tenía. Luego, indignada, fue hasta donde estaba Felipe. Discutieron. Ella, furiosa,
tomó un cuchillo, lo echó del lugar con todos los plátanos y empezó a exponerlo frente a los
vecinos.
Curiosamente, los dueños de las plantas aún no saben lo que ocurrió, en parte porque su
relación con el barrio no es la mejor.
Desde entonces, la historia se regó entre la gente. A Felipe ya no lo llaman por su nombre.
Ahora, en voz baja o entre risas, todos lo conocen como “el roba mafufos”.
Y así fue como aquel día, entre el trabajo duro y el hambre, terminó siendo recordado como
el trabajador con hambre.
El “trabajador con hambre”: la historia del robo que sorprendió a un barrio en Cartagena
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