Por Álvaro Morales de León

Para ir despojando el asombro, comienzo por decirles que la palabra Potra no hace parte de ningún grosero vocablo. Es una decente palabra que, de acuerdo con la Academia de la Lengua Española, significa hernia en el escroto. La palabra resulta ser desconocida para algunos, en especial para los jóvenes, pero sí muy reconocida y recordada por los que ya atravesamos el umbral de los sesenta. En ese momento, quien padecía de hernia, sin ser despectivos ni violar el habeas data de hoy, se les llamaba, obviamente, potroso.

De la Potra hace una buena descripción literaria y médica Gabriel García Márquez en su libro “El amor en los tiempos del cólera”, cuando haciendo alusión a esta patológica condición en la época de la Cartagena colonial recuerda que quienes la llevaban lo hacían con orgullo y distinción.

Para la época de las Potras ya el médico Juvenal Urbino, esposo de Fermina Daza, ante la epidemia del Cólera Morbus también se preocupaba por el peligroso estado sanitario de la ciudad, y abogaba ante el Cabildo para que a los pobres se les enseñara a hacer sus propias letrinas, se recogieran y se incineraran técnicamente las basuras, se construyeran alcantarillas cerradas y plazas de mercado, así como mataderos higiénicos.

Entre tanto, de la Potra dice el médico Juvenal Urbino de la narración literaria de Gabo, que cuando imberbe no dejaba de horrorizarse viendo a los potrosos sentados en las tardes en las puertas de sus casas, abanicándose el dilatado escroto atribuido a la presencia de un diminuto parásito que abundaba en el agua de los aljibes de la época. Sigue diciendo García Márquez, poniendo en boca del doctor Urbino, que los potrosos, esos a los que sentados les afloraba su enorme testículo como si fuera un niño dormido entre sus piernas, nunca se quejaron de ningún dolor aunque lo tuvieran, porque una potra grande y bien llevada siempre se lucía por encima de todo como un honor y orgullo de hombre.