Por Manuel Raad Berrío

Los procesos electorales están llenos de emociones: la gente se alteran, angustian, alegran, enojan y entristecen. Tal vez, este surtido manifiesto de las naturalezas humanas, es muestra de lo importante que puede ser esta decisión para nuestro futuro, pero en colombia sin restarle valor en nuestros días la historia nos ilustra que el desarrollo institucional ha ido poco a poco superando situaciones que no sólo  explicaban muy bien el bullicio sino también la violencia partidista que era en realidad violencia electoral.

Hace sólo 35 años el Presidente  nombraba a dedo a los Gobernadores y Alcaldes, hace sólo 40 años los jueces estaban nombrados a dedo y con notoria inclinación política (no había carrera judicial), igual sucedía con la contratación estatal (no había procesos de selección meritoria) y así también con el nombramiento de empleados en entidades públicas, en otras palabras perder o ganar las elecciones era un asunto de supervivencia, guardando el respeto en el simil, era explícitamente como ir a «playa baja» o «playa alta».

Afortunadamente, hoy el panorama institucional es distinto, pienso, un poco menos sectario y personalista, sin embargo estamos aún muy lejos de las condiciones institucionales deseables en esta materia. Este reto radica en comprender la institucionalidad como el marco dentro del cual el gobernante de turno tiene la discresionalidad necesaria para cumplir su misión que en el Estado de Derecho no es otra sino la efectividad de los derechos y hacer cumplir los deberes, pero dicha discresionalidad no puede ser tanta que por ella misma el gobernante pueda ser un actor que burle la propia obligación de servir a la comunidad y al bien común.

En este punto, para apostar por el desarrollo e impulso a la institucionalidad en Colombia debemos asumir la institucionalidad democrática más allá del voto y de las meras instituciones democráticas formales. El reto para cada ciudadano en píe es lograr que nuestra democracia sea  una constante deliberación y un proceso constante de  aprendizaje en busca del buen gobierno y la buena ciudadanía, más allá de la persona que funja como gobernante en turno.

Muchas propuestas de diseño institucional podríamos enunciar o discutir en estas líneas, pero en la esencia del reto radica que debemos asumirnos y actuar como ciudadanos responsables,  esto es, que todos asumimos la responsabilidad de idear y desarrollar nuestro futuro y el de nuestros pares conciudadanos desde la vida cotidiana y especialmente en la vida cotidiana. Y en este contexto primordialmente ético, lo obvio es obrar en conciencia y responsabilidad al momento de votar, pero nuestro compromiso cívico es mayor, mucho mayor, y desde mis ojos se manifiesta en la vida de los voluntarios y el volutariado, que además, nos enseña a vivir y trabajar juntos, a pesar, con y por las diferencias.

Aquí, volviendo a lo obvio del votar para elegir gobernante, me resulta claro que el voto debe ser  para quien, más allá de los discursos, en su historia haya sido y proyecte servir de catalizador para el desarrollo de la institucionalidad. Pues hay  «líderes» desinstitucionalizadores que nos hacen el daño histórico de devolvernos a los mayores personalismos de antaño, graduando enemigos y amigos en la misma ceremonia que canaliza odios y amores en las pasiones y decisiones del «líder».

Responder cual de los candidatos cumple con este postulado no es una tarea fácil, y no caeré en la tentación de compartir mi respuesta, por eso con esta breve nota mi deseo es simplemente invitarlos a votar a conciencia y con responsabilidad.