Por Issaias Barón 

Abogado

Esta mañana de domingo, recuerdo en una especie de nostalgia festiva, aquellas mañanas de
festival en mi querida Arjona, al pie de un árbol de bonga y el estallido artísticos de niños, que contemporáneos conmigo en ese momento, con especial destreza intentaban destacarse en el bonito arte de la música de acordeón.

Hoy recuerdo que las pocas veces que mi buena madre me dejaba ir solo al mal llamado “Parque de San Antonio”, porque realmente tiene es una estatua de la virgen de Fátima, era para épocas del festival bolivarense del acordeón.

Pasaba mañanas enteras fantaseando que algún día yo pudiera vivir ese amor por los pitos de un acordeón. Hoy recuerdo, una icónica contienda entre Dionel Velásquez y Camilo Molina, niños que más adelante fueron protagonistas en una película llamada el “Ángel del Acordeón”.

La cultura, en sus distintas manifestaciones, siempre ha sido una forma de enaltecer las
nobles causas que nacen del alma. Siempre, como expresión, expone con especial sensibilidad la oportunidad exteriorizar e impactar en los sentimientos que transcienden a quienes nos rodean, todo gracias a quienes se dejan llevar de una buena música, un poema, una pintura, en general cualquier expresión artística que surja del imaginario colectivo.

También, como identidad, permite ensalzar en el espíritu de quien la vive, un sentido de
común unidad que engrandece la esencia de identificarse con un territorio, con un conglomerado o simplemente la oportunidad de intentar ser mejores seres humanos.

Siempre he sido de la idea que al fortalecer en una comunidad sus expresiones artísticas y
culturales en general, a través del ejercicio de rememorar cada cierto tiempo su tradición oral,
es también la oportunidad, de fortalecer la identidad, de reconocer lo que somos y de esta
forma buscar el camino de extenderlas en un ejercicio de nuestra función social. Para buscar,
a partir de ello, una mejora al restablecimiento del tejido social, el cual se degrada por distintos factores, pero donde se ve involucrado desde temprana edad los habitantes de una
comunidad.

Estas cortas líneas las escribo con la intensión de expresar la necesidad de devolver el festival
a los parques, de una urgente necesidad de descentralizarlos en miras de llegar a la mayor
población posible, porque es claro la urgente necesidad de rememorar ciertos valores que la
sociedad ha ido perdiendo, por el ejercicio, si se quiere egoísta de algunos pocos de monetizar
y facturar a partir de estos espacios culturales.

Hay que pensar en futuro, hay que pensar en buscar la construcción de identidad, y en específico de expandir las fronteras culturales para atraer a nuestro municipio todos esos foráneos que llevados por una expresión cultural hallan en los festivales la oportunidad de celebrar la vida y encontrarle sentido a lo que somos.

Renunciar a los egoísmos para abrir las puertas y expandirse, es construir una económica más
participativa, devolviéndole la oportunidad al pueblo de trabajar a partir de estos espacios y
es también, a mi juicio lo más importante, que la juventud conglomerada en ocios mal sanos,
conozcan de aquellos y aquellas jóvenes, que quizás contemporáneos con ellos, realizan con
destreza el bonito arte de la música con acordeón, ayudado a sembrar la duda y la curiosidad
por nuestra cultura, y provocando a esa población una energía que los llame a conocer su
propia identidad.

De esta forma, la cultura como medicina para evitar la continuidad de la degradación del tejido social, termina siendo un aliciente propicio para el restablecimiento de la identidad, en primera medida, y sucesivamente comenzar a sembrar en los jóvenes la curiosidad por saber lo que somos y comenzar a cuestionarnos de qué forma podemos aportar para seguir expandiendo con orgullo nuestras raíces, evolucionando claro está a los conceptos, de conformidad a la realidad social.

Desarraigar la violencia, la drogadicción como problema de salud pública, y su lugar sembrar en esos espacios la cultura y la tradición oral en general, propicia la cosecha de una sociedad mejor conformada.