Por Angélica Villadiego Castillo

El mundo hace muchos años mantuvo un periodo de guerra sumamente largo, siempre ha habido diferencias entre dos o más países, pero todo empezó a tomar más fuerza cuando la guerra era mundial. Ese acompañante en esa palabra lo cambia todo para todos, la primera ocurrió en 1914 y se llevó la vida de más de diez millones de personas. La segunda fue en 1939 donde más de sesenta millones de personas perdieron la vida en el campo o siendo cazados si eran judíos, gitanos u homosexuales. Pasaron los años y la segunda guerra mundial había culminado, sin embargo la guerra aún estaba ahí. En las noticias siempre se veía el conflicto de un país con el otro, como en el caso de china y Estados Unidos o con Israel y Palestina, la humanidad no ha olvidado la guerra, tanto que hay un país que desde entonces ha vivido una guerra interna.

Colombia comenzó su propio conflicto en 1854 con el golpe de estado orquestado por el general José María Melo, teniendo como opositores a los partidos liberales y conservadores. Tiempo después nace a lo que hoy en día se le llama “El frente nacional (1956)” durante este periodo no hubo más que: “violencia social, represión selectiva, exclusión, corrupción, un país a medio camino y un pueblo decepcionado”, denotó el historiador César Ayala.

En 1948 hubo una serie de disturbios en la capital del país luego del magnicidio al líder del partido liberal Jorge Eliecer Gaitán donde su verdugo fue perseguido y agredido por una multitud que posteriormente arrastró su cadáver hasta la casa de Nariño. Cada uno de estos altercados dio para el nacimiento de lo que hoy en día son las guerrillas. Esta nación estuvo aterrorizada con estos grupos armados durante mucho tiempo, personas que no tenían que ver nada con el asunto torturadas física y psicológicamente, a las cuales se les arrebató el lugar donde vivía o trabajaban al igual que a sus seres queridos. No los dejaban sin más que las ganas de gritar y llorar por la impotencia de no poder hacer nada porque la justicia nunca llegaba.

En el año 2019, el 21 de noviembre los habitantes de este país ocasionaron un paro nacional, muchos puntos se dieron a conocer al gobierno, pero a pesar de la gran cantidad de personas que inundaron las calles, este no les escuchó. El grito de las personas no fue escuchado y en pleno manifiesto, 250 salieron heridos y tres murieron, entre ellos tenemos a Dylan Cruz quien se convirtió en un símbolo. De nuevo, las cosas no terminan ahí, en el 2020 comienza lo que puedo llamar la lluvia de sangre.

Ese año comienza con la muerte diaria de los líderes sociales, el potencial aumento de las masacres y la lucha de los civiles con la policía nacional. El 7 de enero hombres armados y en motocicleta asesinaron a tiros a Gloria Isabel Ocampo en Puerto Guzmán (Putumayo), una lideresa social que impulsaba la implementación del Acuerdo en ese territorio. Tenemos también a Didian Arley Agudelo, un líder comunitario de Campamento (Antioquia), y de Alejandro Carvajal, un líder de sustitución de cultivos de uso ilícito que murió por un disparo del Ejército en Sardinata (Norte de Santander) cuando él participaba en un asentamiento campesino en protesta contra la erradicación forzada de coca.

Eso no es todo, el 11 de agosto, familiares y amigos lloraron a los cinco niños y adolescentes que fueron masacrados en Llano Verde- Cali. Donde esta sería la segunda masacre en el Valle del Cauca en lo corrido del 2020. Ocurrió también en Samaniego-Nariño donde asesinaron a 8 adolescentes a sangre fría. En menos de 48 horas, el pasado 21 de agosto, al corregimiento El Caracol, de Arauca capital, llegaron con enorme dificultad las autoridades para levantar los cadáveres de cinco personas. Más tarde, en la noche de este mismo día se confirmó el asesinato de seis personas en El Tambo (Cauca). Y a unas horas de la llegada del presidente Iván Duque a Nariño, el gobernador de este departamento, Jhon Rojas, confirmó la masacre de seis personas.

“Javier Ordóñez era un padre de familia y esposo que se dedicaba a conducir un taxi para llevar el sustento a su casa. Estaba por recibir su diploma de abogado, y tenía estudios de aeronáutica. Era residente de un conjunto del barrio Santa Cecilia, en la localidad de Engativá, y murió tras un violento operativo policial” diario El Tiempo.​

Procedo a corregir que él no murió, Javier Ordóñez fue asesinado por los policías de manera brutal y debido a esta injusticia la Capital del país tuvo dos noches de choques entre manifestantes y agentes estatales que dejaron más de 10 muertos, denuncias por violencia policial y destrozos en buses, más de 20 CAIs y otros lugares. Hubo muchos vídeos circulando de cómo los policías agredían a personas que solo iban a sus casas después de trabajar.

En Cartagena de Indias en Chambacú agredieron a varios estudiantes de la Universidad de Cartagena, uno de ellos manifestó en un vídeo que subió a sus redes sociales los abusos que sufrieron, entre ellos las múltiples bofetadas que recibieron y el robo del dinero que llevaban en sus bolsos. Dijo que las bofetadas fueron para evitar dejar marcas en su cuerpo, sin embargo las marcas en sus muñecas debido a lo que usaron para amarrarlos quedaron ahí como evidencia. Esta situación cada vez es más indignante, la organización que se supone que debe protegernos nos está torturando o asesinando, ¿a dónde deben ir las personas cuando se sienten inseguras?, ¿quién nos protege?, ¿hasta cuándo debemos resistir?, ¿cuándo se borrará la sangre de las calles?

En un país donde si intentas cambiarlo no te espera más que un disparo, donde si trabajas en el campo eres torturado o desplazado por grupos armados, en el cual cada vez que intentes protestar por tus derechos podrías recibir un impacto en la cabeza, gas lacrimógeno o un disparo. País donde las personas cada vez más en vez de miedo sienten impotencia o decepción, esto es un conflicto interno eterno, esto es un país que nunca superó la guerra, esto es nada más y nada menos que, Colombia.