No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma…”, Mateo 10:28

Por Álvaro Morales de León

Aunque ocasionalmente se presenten, pensábamos que era cosa del pasado el primitivo y cruel método con el que una muchedumbre incontrolada y avivada por alguien se proponía, sin que mediara juicio alguno, dar muerte a un sospechoso o inocente arrojándole piedras y objetos contundentes sin ninguna contemplación ni misericordia. Este cruel método de lapidación física, sigue aun estando presente entre nosotros.

El linchamiento físico, este método antiquísimo de juzgamiento precipitado e injusto, es un procedimiento ilegal del que lastimosamente aún siguen haciendo uso algunos sectores de la comunidad por causas de deficiencias en seguridad ciudadana, método que jamás podremos aceptar, aún, en medio de las precariedades judiciales.

Del linchamiento físico o lapidación que es lo mismo, se dice que era una costumbre arraigada entre los judíos, y se procedía a su práctica ante probables o supuestos casos de idolatría, infidelidad, adulterio, herejías, o aun, por ser seguidor de Jesucristo, como fue el caso del diácono Esteban, el primer mártir del cristianismo que murió lapidado por soterrada incitación que en su contra promovió Saulo de Tarso, el mismo que después, arrepentido de la persecución a los cristianos, se convirtió en el que hoy conocemos como apóstol Pablo.

Los linchamientos o ejecuciones sin procesos casi siempre son procedimientos cruentos promovidos por quienes aún tienen una carga de pecados y delitos peores y hasta mayores que los de las personas que han escogido y señalado para tal fin.

Las Sagradas Escrituras dan cuenta de aquella mujer adúltera que sorprendida en pleno acto de infidelidad fue llevada por la multitud ante Jesús pidiendo autorización para lapidarla, multitud que despavorida se esfumó cuando fue confrontada por el Maestro con aquella famosa frase, “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le arroje la primera piedra”.

En el mundo musulmán, esta práctica está aún vigente, y en países como Irán, hasta hace poco estuvo dispuesto que la lapidación de los hombres se debía hacer enterrándolos hasta la cintura, y la de las mujeres, por causa de adulterio, hasta el pecho, teniendo presente que las piedras no debían ser tan grandes como para matarlos ni tan pequeñas que no les hicieran daño.

Pero hoy, de la lapidación o del linchamiento físico se ha pasado al linchamiento moral, como recientemente lo ha recordado el arzobispo de Cartagena, Monseñor Jorge Enrique Jiménez en el sonado con el que no solamente se ha pretendido linchar moralmente y ensuciar el nombre de la ex primera dama de Cartagena, Cynthia del Carmen Pérez Amador sino también a un representante de la iglesia católica por un supuesto pago indebido de cotizaciones en seguridad social que se le adeudaban como ex empleada de una parroquia.

Para este desmedido linchamiento incentivado y promovido por todos aquellos viudos de poder, de puestos en el gobierno distrital, de ops y de contratos emplean las redes sociales, ruedas de prensa, videos, memes, mamarrachos y podtcats a través de los cuales expresan, como características, mensajes de odio, rencor, inquina, fobia, malignidad, pero sobre todo de mentiras y calumnias que encuentran eco y terreno abonado en otro grupo de viudos y resentidos que se despachan con sumos desparpajos a través de micrófonos y portales de noticias.

Finalizo con la frase con la que inicié, “No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma…”; a la que añado una de Mahatma Gandhi, “Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo”.