Se acabaron las fiestas y la ciudad vuelve a su normalidad. El ímpetu, la alegría y la euforia que nuestras calles vivieron durante los últimos días empieza a disiparse. Para los que disfrutan de la conmemoración de la independencia, existe un sentido de comunión social difícil de explicar. Sin saber muy bien por qué, salimos a las calles con un sentido renovado de pertenencia, nos encontramos con amigos cercanos y lejanos, rompimos el hielo con espuma y maicena, cantamos al unísono con desconocidos y nos sentimos orgullosos de ser cartageneros. Ahora, la ciudad retoma su ritmo habitual y nos muestra los efectos colaterales del movimiento masivo de personas y objetos: latas de cerveza en las calles, botellas flotando por la bahía, morados y quemaduras en los cuerpos, guayabos incipientes y deudas por subsanar.
Hace ya tiempo que en Cartagena el carnaval dejó de celebrarse como preludio de la Cuaresma, como sí ocurre en Barranquilla; Sin embargo, muchas de esas prácticas culturales migraron a las Fiestas de Independencia. De hecho, la palabra carnaval proviene del latín carnem levare, es decir, «quitar la carne», lo que hace referencia a la preparación del ayuno y la abstinencia previa a la celebración de la Cuaresma. Y, aunque no lo parezca, esto es esencial para entender las fiestas como fenómeno antropológico.
El filósofo ruso Mijaíl Bajtín estudió la cultura popular de la Edad Media y el Renacimiento a través de la obra del escritor francés Rabelais. Bajtín argumenta que estas celebraciones carnavalescas representan el reverso de la cultura oficial y seria. Una especie de dualidad en la que conviven secuencialmente la risa, la burla y la alegría, seguidas de la solemnidad, el culto y el respeto. Explica que sería imposible comprender la cultura popular sin analizar la relación entre el mundo oficial y el popular.
Son insólitas las similitudes que podemos encontrar entre nuestras fiestas y el carnaval medieval, incluso con las saturnales que celebraron los antiguos romanos. Bajtín dice que en estos acontecimientos se invierte el orden social y se suspenden las jerarquías, se confecciona un espacio de interacción libre entre todos sin distinción alguna y se rompen los tabúes mediante la risa y la parodia. Y eso es precisamente lo que percibimos estos días: las comparsas y las carrozas nos disfrazaron a todos por igual, nadie se salvó de un‘maicenazo’ en la cara y cantamos jocosamente «me quieren echar los tombos». Por un momento, esa súbita liberación de todas las normas sociales nos permitió imaginar un mundo menos complicado, más armonioso y feliz.
Por eso, en línea con la dualidad históricamente representada por el carnaval y la Cuaresma, es fundamental que acojamos la otra cara de la moneda. Ahora nos corresponde retornar a la convivencia ciudadana, al respeto por las instituciones y al cuidado de nuestra ciudad. Ayudemos a recoger la basura que hemos producido, a asistir a aquellos que se hayan lastimado y a mejorar como ciudadanos para que no ocurran accidentes en celebraciones futuras.
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