Métase la mano al dril

Por Luis Alfredo Castillo

En la edición del domingo 26 de mayo de El Universal, periódico de mayor circulación en Cartagena, se publicó un editorial exhortando a los usuarios de Transcaribe a no dar dinero a quienes se suben a los buses del SITM con éste propósito. En un texto que podría ser un ejemplo perfecto en cualquier curso universitario de Lógica para describir qué es una falacia, el periodista Javier Ramos insiste en que la presencia de estos vendedores, cantantes, cuenta chistes o predicadores son una amenaza para el sistema de transporte y, por lo tanto, dicha práctica debe ser repudiada.

Si bien el texto de Ramos no presume ser académico, conviene evaluarlo a la luz de algunas máximas propias del ámbito del conocimiento. En primer lugar, el verbo con el que abre la primera premisa del autor define el carácter de todo el editorial. Copio textualmente: “(…) a un bus de Transcaribe no se deben subir vendedores de dulces, ni cantantes, ni predicadores ni nadie a pedir plata”. Así, el autor pretende presentar un argumento puramente normativo; lo que debe ser.

Click aquí para ver el editorial en cuestión

Con lo anterior aclarado, veamos los siguientes tres párrafos. En estos, Ramos vuelve dos veces sobre la idea de que quienes dan dinero a las personas que se suben a Transcaribe esperando lucrarse “se están equivocando, y de manera descomunal”. Luego, procede a decir que dicha equivocación va a terminar “tirándose” al SITM. Desde aquí el editorial está condenado al fracaso argumentativo: nunca se define por qué nos estamos equivocando.

Los argumentos normativos son fundamentales para la construcción del conocimiento y los distintos debates públicos que se presentan. Sin embargo, si no defino mis conceptos con claridad, no solo no estoy presentando argumentos sino que le brindo al lector aire caliente: una impresión vociferada con mucha fuerza de tal suerte que suena convincente, pero que no resiste el más elemental de los análisis.

Siguiendo al cuarto párrafo, debo decir de entrada que clasista es el único adjetivo que merece ésta parte del editorial. Hay que verlo con detenimiento, porque a simple vista no lo parece. Una sola expresión lo delata. Lo copio entero a continuación:

No quiero ni recordar la buseta que cogía repleta de gente y con el esparrin subiendo a más personas (hasta con bultos de papa), a pleno sol, sin aire acondicionado, con el conductor mamando gallo con el tiempo, mientras la voz de un predicador se confundía con la música estridente del radio del vehículo que iba a medio lado por el peso.

Es un párrafo que reposa en la idea de que el sistema de transporte anterior era considerablemente malo frente a Transcaribe, lo cual uno podría argumentar que es cierto. Ahora bien, la expresión entre paréntesis es donde Ramos patinó al dejar ver el enfoque clasista del párrafo y, por ende, de todo el editorial. Hasta con bultos de papa. ¡Uy! ¡Qué horror! Alguien se subió al bus con un bulto de papas. Esa sola expresión denota una profunda ignorancia de la composición sociodemográfica de Cartagena y cómo se relacionan sus pobladores con el territorio. Un dato que podría sorprender al autor es que no todas las personas disponen de un camión o un vehículo personal para transportar este tipo de mercancías.

Le hemos dado la espalda a nuestra pobreza y la vemos con desprecio. Sí, la gente se monta (porque aún no todos somos privilegiados de tener cerca a Transcaribe) con bultos de papa, yuca, ñame, costales de plátano, palanganas con mojarras, corvinas y sierras. Somos una ciudad que depende de su mercado público para abastecerse porque, entre otras cosas, no todas las personas pueden ir a mercar a Jumbo. Así, es apenas natural que el transporte público se adapte al usuario y sus necesidades, como también el sistema incide en el comportamiento de los pasajeros. Es una relación de dos vías, no una imposición.

Por ejemplo, el diseño del Portal de Transcaribe es un monumento a la intransigencia clasista (por no decir que pura y física estupidez) de quienes ejecutaron su construcción. Un puente peatonal diseñado para que por debajo pase un tráfico similar al de la Av. El Dorado o la Av. Calle 80 de Bogotá, por supuesto que estaba destinado a ser subutilizado en nuestro ámbito. Si los pasajeros no pueden contar con unas frecuencias de servicio claras y consistentes, están dadas las condiciones para que juzgue necesario correr para llegar a su parada. Súmele a eso que, al ver el tráfico de los buses en el Portal, el pasajero estima que es lo suficientemente bajo como para cruzar con seguridad por la vía y no por el puente. Un diseño adaptado al ámbito hubiese dispuesto pasos a nivel y cebras. Más barato y con más sentido.

Volviendo al párrafo de Ramos, es necesario decir que no pretendo hacer una defensa a ultranza de utilizar el SITM para ciertos productos. A todas luces no es el mejor ámbito para llevar pescado u otros productos perecederos. Ahora bien, Transcaribe sí debe tener en cuenta nuestra ruralidad y la estructura del trabajo y la generación de riqueza en Cartagena. Claramente hay que hacer una revisión de nuestras cadenas de suministro, hacerlas más eficientes de suerte tal que se reduzca el número de intermediarios. Es retador, pero sería una apuesta clave para tener un SITM verdaderamente inclusivo. La diferencia entre pagar un viaje en la parte de atrás de un camión puede probar ser mucho más cara, medioambientalmente insostenible y peligrosa que tomar el bus.

En los siguientes dos párrafos, Ramos presenta una serie de datos sobre la cobertura de Transcaribe, sus proyecciones a largo plazo y el grado de uso por parte de la ciudadanía. El cierre del segundo de estos párrafos nos recuerda el rigor mortis de su argumento. Copio textualmente:

Según la encuesta de Cartagena Cómo Vamos, el 75% de los cartageneros ha usado Transcaribe. Como dicen por ahí, son cifras y hay que darlas. Indiscutiblemente Transcaribe se convirtió en una necesidad. Por lo tanto, no entiendo el ataque a los pasajeros que lo defienden.

¿Tendría el autor la delicadeza de explicar de qué están “defendiendo al sistema”?. ¿Cual es la amenaza existencial que justifica la xenofobia de algunos pasajeros? Por lo que ha dicho el autor, la respuesta está en que quienes han merecido la solidaridad de los usuarios de Transcaribe son la puerta de entrada a la delincuencia. Nos lo confirma en el siguiente párrafo al decir que así empezó la criminalidad en Transmilenio.

Para no ahondar mucho en esta falacia, preguntémonos lo siguiente: ¿Qué incentivo tengo para robar si a punta de la solidaridad de la gente igual me hago mucha plata? La respuesta es sencilla: ninguno. Puesto de otra forma, el que va a robar no necesita previamente haber estado vendiendo dulces. Roba y ya. Son dos perfiles diferentes de una misma problemática que no merece la atención del columnista: las estructuras de trata de personas y esclavitud moderna que fomentan la informalidad. Retomaremos este punto al final.

Ramos continúa a decir que entiende el contexto de pobreza que lleva a las personas a llevar a cabo estas actividades. Pero todo lo soluciona con la máxima dura lex, sed lex: dura es la ley, pero es la ley. “Hay unas normas que hay que cumplir”. El dulce refugio de nuestro internalizado santaderismo: hay que cumplir las normas porque sí. Ello, algunos podrían argumentar, es un principio esencial de nuestra vida republicana. Otros podrían decir también que el ciudadano tiene la responsabilidad de ser crítico y tener juicio propio. Ambas cosas son ciertas.

Así, uno tiene la responsabilidad de preguntarse por qué debe cumplir ciertas normas. Ello no es insurrección, sino que aquello que no examinamos críticamente es frágil. ¿Por qué, entonces, no debemos dar dinero a vendedores de dulces, artistas o a los predicadores? Ramos diría que porque le hace daño al sistema. ¿Qué daño le hace? ¿Cual es el mecanismo causal entre un eventual detrimento del sistema y el uso repetido de éste para lucrarse? El autor nunca lo dice, por lo que me permito presentar la siguiente respuesta: la incidencia del lucro informal en el SITM es marginal, no tiene efectos perceptibles más allá de que incomode a algunos. Dicho de otra forma, mientras no se monten con parlantes o demás cosas muy estruendosas, todo debería estar bien.

El autor cierra con la siguiente oración: “Si no les damos plata, podemos ayudar a que Transcaribe empiece a ser el sistema que todos esperamos”. Hay dos cosas perversas en éste cierre. En primer lugar, sobrestima la importancia de regular este comportamiento para mejorar el sistema. Ésto es así porque son más recursos los que habría que invertir en regularlo que los efectos que sean perceptibles. Es plata y tiempo perdido. Y en segundo lugar, la oración hace una demonización pasiva de la otredad; incita al lector a ver en blanco y negro. Si no les damos plata a esos pobres diablos el sistema será el epítome de pulcritud y comodidad que nuestro clasismo demanda. Es un cierre discursivamente violento y a todas luces desconsiderado y xenófobo. (Nadie es tan ignorante como para desconocer que virtualmente todos los que se montan a hacer plata a Transcaribe son de Venezuela).

Es chistoso que al autor haga una equivalencia entre vendedores de dulces y tener tres operadores para un sistema que sería más eficiente con uno solo. No parece preocuparse por la inestabilidad de los tiempos de despacho, la cual es objetivamente más incómoda que un predicador. Le resulta igual de peligroso un tipo echando chistes que la ausencia de un Fondo de Estabilización Tarifaria.

A manera de cierre, simplemente quisiera anotar lo siguiente: la población de cuenta chistes, vendedores de dulces y demás es flotante. No duran tanto en esa actividad contrario a lo que intuimos. Lo que es más, lo que ganen de ésta actividad puede resultar el primer empujón para iniciar un negocio. Dicho de otra forma, cada moneda de 100 pesos que les damos puede terminar en un puesto de arepas o un restaurante pequeño. La solidaridad es una oportunidad.

Si tanto le interesa al autor el cumplimiento de la ley, haría mejor en investigar las estructuras de trata de personas que sí se lucran de éstas prácticas, las cuales siempre tendrán gente disponible para poner en buses y calles. Para el vendedor de dulces o la cantante es un asunto de supervivencia. Toca es ir tras los mandos medios de las estructuras que se aprovechan de la miseria. Castigar a los que hay que castigar, y ayudar a quienes piden una mano amiga.

 

 

 

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