Por José David Vargas Tuñón 

Estos meses, en todos los escaños informativos, incluyendo los medios internacionales, sacaron a resplandecer una tragedia que más bien parecía crónica de una muerte anunciada; en la cual, un palco de una corraleja cedió ante la estampida de gente que goza de un espectáculo tan burdo y cruel como el solo.

Ante las escabrosas imágenes, se posó sobre la palestra pública de prohibir en su totalidad el salvaje espectáculo en comento, por no contar con las medidas de seguridad necesarias para albergar tantas personas, amén también de considerarlo un atentado voraz contra los animales, que sufren por la mano del hombre, la más indigna de las muertes.

Obviamente ante tales aseveraciones, los defensores de la sangrienta gesta taurina se rasgaron las vestiduras, insinuando que se trataba de algo tradicional y que era imposible desconocer el derecho al trabajo de las personas que dependían económicamente de la muchedumbre asistente a los eventos.

Las argumentaciones expectoradas por los amantes a la tauromaquia costeña son simples apelaciones a la misericordia, con tal de no soltar el negocio que representa el sangriento espectáculo, sin embargo, y a pesar de que aún se siguen realizando, creo que con la subida de Petro, la tética se acabó.

En fin, grato lector, quiero informarle que, para acabar con este macabro maltrato animal, se deberá mentalizar a las juventudes venideras para que no acoliten tales actos de barbarie; una de las formas, simple, la lectura y la razón.

Para tal finalidad, es menester destacar la labor de más de treinta años realizada por mi amiga Nelcy Polo, abogada, ambientalista y una profusa escritora, que con su libro Alma de Titanio inspirará a muchos jóvenes para seguir los designios del cuidado al ambiente, todo a través de una narrativa muy locuaz, resaltando distintos temas referentes a su vida personal y a los actos barbáricos cometidos contra el ecosistema.

Así pues, cartageneros, tenemos una gran deuda moral con el ambiente y me atrevería a decir, con la humanidad. Durante años, hemos hecho las cosas mal, disfrazándolas de manifestaciones culturales, simplemente es irrisorio ponderar el derecho que tienen las personas a trabajar en medio del espectáculo, con el grave daño que le estamos causando a seres sintientes no culpables de tan fatídico destino.

Creo que toca sentarse y hablar de estos temas, en la academia, a nivel distrital, departamental y nacional; no podemos seguir perjudicando a seres vivos por un espectáculo de pocos minutos, es inenarrable el sufrimiento que se mira desde uno de esos palcos. Por eso los invito a cerrar este salvaje capítulo de nuestra sociedad.