Fue en ese instante cuando todo se detuvo. La arena se levantaba como autentica brisa de desierto. No se veía nada. Solo un pequeño tumulto agitado. Era un ejercito de niños con una pelota. Deshollejada por el tiempo. Camuflada por la arena. Los profesionales empíricos del fútbol se disputaban el respeto que genera realizar una jugada de lujo. Era una autentica liga amateur. Donde el arquero cuidaba su rama de árbol.  Pero sin descuidar el ladrillo que completaba su arquería.  La tensión estaba a tope. Todos querían ganar. Todos querían ser figura.  Hasta que algo sucedió.

Una persona llegó al partido. Vestida frescamente. Con varios eslóganes en su camiseta. Pidió permiso de manera educada. Detuvo el encuentro. Y entrego un balón de fútbol, unas arquerías,  y uniformes para distinguir a los dos equipos. Saludó a todos los niños. Preguntó sus nombres. Hizo unas serie de jugadas forzadas. Tomó unas cuantas fotos, y se marchó.

El partido siguió, pero a la hora, el balón era una joya. Las arquerías eran grandes cuevas que hacían sentir al portero como todo un guardametas en el Campnou. El encuentro parecía que se jugaba en el exterior. Que el sol ya no era tan caliente. Que los perros hacían cánticos de apoyo. Que alguien narraba y transmitía sus partidos. Los perros interrumpían constantemente el juego, como hinchas que se adentraban para conocer a sus ídolos. Los cuales los acariciaban con la humildad que la fama no debe arrebatar.

Al otro lado de la historia, estaba esa persona. Ese que llego a derramar felicidad. Al terminar su entrega se montó en su camioneta, y comenzó a subir, en sus redes sociales, las fotos de la entrega, al tiempo que promocionaba su campaña política.

En las elecciones próximas cumplió su objetivo. Las fotos de los niños habían penetrado en el corazón de toda la región. Las madres depositaron, en el cartón de votación, toda su gratitud y esperanza a ese humilde caballero que llego a sembrar ilusión en sus hijos.

Durante su ejercicio en la política, a este ángel terrenal se le da la oportunidad de construir, en el barrio de los niños, un autentico campo de fútbol. Uno con todas las virtudes. Grama sintética. Gradas. Pantallas. Todo. Decide, entonces, buscar a un ingeniero que ejecute la obra. No sin antes advertirle, que tiene que recuperar la plata de campaña y, por tanto, necesita ganar algo de ese contrato. Por su parte, el se encargaría de amañar la licitación, con el propósito de que el contrato cayera en sus manos. Ante tal propuesta, el ingeniero agranda sus ojos, como quien se imagina gastando el dinero que aun no ha recibido, como quien piensa en vacaciones sin antes comenzar a trabajar, y acepta la propuesta.

La condición era la siguiente: El ingeniero debía entregarle al político un dinero para que éste pudiera hacer los tramites necesarios para asignarle el contrato.         Cuando el ingeniero comienza a estructurar la obra, se da cuenta que debe compensar el dinero que le dio a su amigo el político. Por ello, decide disminuir la calidad de los materiales.  En el transcurso de la construcción, mucho de los materiales fallan, y la obra se encarece. Pero no hay mas presupuesto para su ejecución. A lo que el ingeniero decide entregar algo, como pueda, para cumplir lo pactado.

El día de la entrega, los niños no caben de la alegría. Sus ojos son como dos espejos que no ven mas allá del verde césped sintético. Las líneas blancas en el terreno parecen autenticas pistas de aterrizaje. Ambos equipos salen al terreno, se saludan, toman una foto imaginaria, y se disponen a comenzar. En ese momento una volqueta va pasando por al lado, pita para despejar el paso, y ¡COMIENZA EL PARTIDO!.

Al cabo de unas cuantas horas, una pared del estadio de fútbol se cae y deja unos cuantos heridos en el publico. Por lo que se ordena el desalojo del terreno y, por consiguiente, el cerramiento del nuevo estadio.

El partido es trasladado, entonces, a la vieja cancha de arena. A las arquerías de ramas de árbol y ladrillos. El sueño se ha ido. Se lo han dado como quien prueba, “solo un poco”, de la mejor torta del mundo.

Pasan los días y el campo sigue con la pared en el suelo. El estadio se siente solo. Los únicos que ingresan son los perros para acompañar a los indigentes que duermen en las gradas que sobrevivieron. Nadie ha llegado a revisar lo sucedido. Nadie se ha enterado incluso. No son tiempos de campaña. Nadie visita los barrios en grandes camionetas. Nadie lleva esperanzas. Nadie derrama alegría.

Lastimosamente así es la política, y por eso no tiene nada que ver con servir. Ese ángel fresco y lleno de etiquetas de promoción, mejoró la vida de los niños con lo que entregó al comienzo. Pero también es cierto, que si todos los que están en su posición hicieran su trabajo, ningún niño tendría que jugar en estas condiciones.  El talento se desarrollaría. Los sueños no conocerían de limites. Las comunidades fueran felices. No porque se les da todo. Sino porque se les da lo mínimo. Lo que toda persona necesita para gozar de una vida digna.

Por:

JHONNY ENRIQUE ROMERO OSORIO