Por Alfredo Yepes de Los Ríos 

La isla es un caosManga es un barrio habitado por gente de buen corazón, y eso ha quedado demostrado en momentos de la Pandemia o la adversidad que vivimos. Los moradores no dieron lo que en sus casas les sobraba, ellos compartieron con otros lo poco o mucho que tenían. Así lo exigía la emergencia y los momentos de dificultad presentados.

Sus habitantes se solidarizaron, como es su talante, con los conciudadanos necesitados, haciendo lo que constitucionalmente le toca al Estado colombiano, tal y como lo establece el principio del Estado social de derecho, como estructura básica del ordenamiento constitucional.

Así las cosas, los Mangueros, entregaron alimentos, drogas, vestidos, elementos de bioseguridad, y hasta recursos económicos, sin pretender suplantar al Estado ni patrocinar la mendicidad.

Pero hoy por hoy el barrio está atestado de personas que tocan puertas, invaden aceras, ocupan semáforos, abordan conductores de vehículos tocándoles los parabrisas. Se sitúan en supermercados, en bancos, en farmacias, en tiendas, negocios y en otros lugares, siempre en la búsqueda de comida o de alimentos, de cualquier ayuda o de una limosna, actitud que preocupa en gran manera por su manera exponencial en que se propaga, y en que es muy probable que la misma, la mencionada mendicidad, no esté siendo ejercida de manera autónoma sino estimulada por agentes intermediarios.

En tiempos críticos de la Pandemia, los vecinos de la isla, la de Manga, han venido ayudando a las personas que diariamente, con sus actividades y labores, entregan bienes y servicios a la comunidad; tales como los domiciliarios, pregoneros, bolleros, voceadores, guardias de seguridad, zapateros, paseadores de caninos, jardineros y trabajadores domésticos o empleados del hogar. Pero insisto, lo que preocupa es la proliferación, en Manga, de la mendicidad forzosa. Una mendicidad liderada por personas inescrupulosas que se lucran de los más dóciles y débiles, de los más vulnerables, obligando a mujeres, niñas y niños a practicarla.

En primer momento la comunidad tendió su mano, cooperó con la situación crítica vivida. Pero creemos que ahora les toca a las autoridades, como esta normado constitucionalmente, para seguir timoneando el sensible barco del orden, y para que no zozobren propios y extraños en el mar de la anarquía y así poder arribar con seguridad, al puerto de la calma.