Nunca habíamos tenido tanta información al alcance de la mano y, paradójicamente, nunca habíamos leído tan poco con profundidad. En la era de la inmediatez, las pantallas nos mantienen conectados pero dispersos, informados pero no siempre formados. La lectura dejó de ser un deleite para convertirse en una tarea rápida, utilitaria y muchas veces superficial.
Las consecuencias son serias. Cuando los niños no desarrollan una buena comprensión lectora desde temprana edad, arrastran desventajas en todas las áreas del conocimiento. No se trata solo de saber leer, sino de entender, cuestionar y analizar. Sin esa base, aumenta el rezago escolar, la deserción y se limita el acceso a mejores oportunidades.
Leer con sentido crítico no solo mejora el rendimiento académico; también impulsa la innovación, fortalece la economía y construye sociedades más democráticas. Un ciudadano que comprende lo que lee es menos vulnerable a la desinformación, participa mejor en los debates públicos y toma decisiones más conscientes.
Además, la lectura transforma lo cotidiano: fomenta la empatía, rompe prejuicios, fortalece la salud al permitir entender recomendaciones médicas y crea vínculos sociales más sólidos. Un país que lee es un país que dialoga mejor.
El reto no es escoger entre tecnología o libros, sino recuperar el hábito de leer con calma en medio del ruido digital. La educación debe apostar por el pensamiento crítico como competencia transversal, dentro y fuera del aula, involucrando también al hogar y al tiempo libre.
Cambiar unos minutos de pantalla por unas páginas de un libro puede parecer un gesto pequeño, pero es profundamente revolucionario. Leer no es un lujo ni una moda: es una herramienta para entender el mundo y transformarlo.
✍🏻 Columna de opinión por Miguel Montes Curi, Aspirante a la Cámara de Representantes de Bolívar por el Partido Conservador 105.
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