Miguel A. Montes Curi

Pirro, el rey de Epiro, cruzó a Italia para asistir a los griegos de Tarento en la batalla contra la formidable República romana. Una combinación de falange griega, caballería y elefantes de guerra arremetió contra el ejército romano liderado por los cónsules y, como cuenta Plutarco, Pirro contestó a los vítores que otra victoria como esa lo arruinaría por completo. De ahí que, hoy en día, consideramos una victoria pírrica un triunfo tan mortífero que parece una derrota.
Este mes de julio celebramos la promulgación de nuestra Constitución del 91, el Grito de Independencia y el natalicio de Simón Bolívar, el Libertador. Y en lo político-institucional, la instalación del Congreso de la República con inesperados giros dramáticos, propios de una novela turca: el presunto “Pacto Democrático”, la solicitud de posesión por videollamada de Manrique y el discurso de oposición de Petro que se fue sin escuchar a la oposición, todo envuelto en una lluvia aciaga propia de la Capital. Nadie lo resumió mejor que la noticia en la página web del Senado, que también podría ser el título de la novela: “Entre paraguas, balances y tensiones. Así se vivió la instalación del Congreso este 20 de julio”.
Más allá de un análisis político de traje y corbata, le doy a esta breve disertación el carácter de exploración prospectiva. Los últimos acontecimientos han demostrado con creces que las cosas se harán de forma diferente, como nuestro presidente electo lo declaró explícita y recurrentemente en campaña. Y por supuesto, la introducción de un elemento extraño en un ambiente aparentemente estable produce inusitados resultados.
Para los seres humanos la psicología lo ha caracterizado como metatesiofobia, o miedo al cambio. Y aunque la condición describe a personas que se paralizan ante sucesos pequeños y banales, si algo define la política es su variabilidad. Quizás eso es lo que necesitamos. Porque diría que uno de los mayores logros del Tigre es que mis sobrinos se hayan interesado por la política. Creo que nunca había visto tantos apolíticos politizarse, y eso es un logro en cuanto que el inmovilismo social es la mayor amenaza para la democracia. Y ahora que muchos más ojos están puestos sobre las instituciones, nos preguntamos qué nos depara el futuro.
A propósito de esta neopolítica, impresiona cómo la fauna silvestre se ha adueñado de los discursos políticos. Tigres, jaguares y abejas permean los recintos, ¿y quién dice que la época de los poetas políticos murió? Reviven en estas figuras retóricas personajes como Guillermo León Valencia, Miguel Antonio Caro, Rafael Núñez y Belisario Betancur, todos poetas y mandatarios.
De La Espriella afirmó que no viene a hacer la política de siempre, y en pequeñas y grandes acciones ya lo demostró. Sin embargo, los tradicionalistas, que son más de los que aceptan serlo, ya exponen su miedo abismal al cambio. Mientras que los que acogemos la renovación tememos más a los actos desesperados y desproporcionados de quien siente que pierde un protagonismo político de antaño.
Recuerdo con intencionado anacronismo la instalación del Congreso de la República un 20 de julio de 1949 y una nueva legislatura que acabaría en balacera. Un país sumido en la incertidumbre por la violencia bipartidista y el magnicidio de Gaitán enfervoreció y en el recinto de la Cámara el debate ideológico pasó a los tiros entre el 7 y el 8 de septiembre de ese año.
No digo que ese es el futuro que nos depara, pero vale la pena recordar la historia y que las instituciones que hoy tenemos gracias a ella garantizan una transición pacífica. La democracia siempre será el campo de batalla donde nos podemos enfrentar sin matarnos.
Que esta no sea una victoria pírrica, sino la oportunidad de reinventarnos como país. Bienvenido sea el cambio, siempre y cuando dé buenos resultados. No dejemos de sintonizar esta novela, que de sus protagonistas depende nuestro futuro.





