Flickr – Carlos Bustamante Restrepo

Especial ¿Cómo está Cartagena? Pobreza y Trabajo | Semana 8

Adrian Camilo Marrugo Palacio

Pensar en Cartagena, para muchos (evitando referirme a todos para no caer en una falacia) es pensar en un destino turístico que puede llegar a ser tan costoso en la medida que puedas pagarlo, con hoteles cinco estrellas, restaurantes exóticos, discotecas de ensueño, eventos de talla internacional y todo lo que puedas querer o soñar. Es pensar en el puerto más importante de Colombia, que crece a muy buen ritmo y que solo el arribo de cruceros entre 2017 y 2018 dejó cerca de 64 millones de dólares a la ciudad, esto sin contar el dinero que provino del movimiento de más de 24 millones de toneladas que pasaron por los muelles de Cartagena. Asimismo, es pensar en un sector industrial que ha venido creciendo vertiginosamente año tras año, llegándose a convertir en el cuarto centro industrial más importante del país y el primero en la costa Caribe. Es pensar también en un sector inmobiliario, donde podemos encontrar el metro cuadrado más caro del país y que a pesar de estar algo estancado en estos últimos años, vemos como aún se levantan edificios de apartamentos de todo tipo, hoteles, condominios y urbanizaciones por doquier, que además han venido dando resultados positivos a pesar del difícil momento económico que hemos venido atravesando.

Hasta aquí, todo va “viento en popa” e incluso han quedado algunos modelos de generación de riqueza por fuera, pero hemos podido evidenciar que Cartagena goza de una economía diversificada, de buenos resultados; y en pocas palabras, “de lujo”, de la cuál seguramente los cartageneros deben estar orgullosos y gozando ¿verdad?…

Aquí es donde como se dice vulgarmente “la puerca tuerce el rabo”, porque a la hora de la verdad, la mayor parte de la gente de Cartagena no goza de las bondades de su propia ciudad. Es común escuchar a mucha gente decir que aquí conviven dos realidades totalmente opuestas. Refiriéndose por un lado a la “elite” o ciudadanos acomodados que viven en el distrito y por el otro a aquellos que apenas sobreviven. Algunos incluso se atreven a delimitar espacialmente este planteamiento, tomando como puntos de división al Castillo de San Felipe o a La Popa, donde de allí hacia el norte está la clase alta, esa burguesía de Cartagena; mientras que hacia el sur se ubican las clases bajas y los barrios populares. Esto puede llegar a ser verdad hasta cierto punto, porque al interior de estas delimitaciones existen también contrastes atroces. Los cinturones de pobreza en la ciudad son en cierta forma inentendibles, porque en la cabeza de muchos no cabe que haya una cantidad tan grande de habitantes sumidos en este problema, teniendo tantas formas de hacerle frente. Pero realmente la respuesta a esta duda es fácil, y es que esos habitantes no tienen forma alguna de participar óptimamente de la economía, y será así hasta que los modelos económicos y los gobiernos miren a esa Cartagena olvidada, la que no sale en los medios de comunicación, esa que no se saca a relucir casi nunca (por no decir nunca).

En la ciudad, cerca de 277 mil personas viven en condición de pobreza, y otras 42 mil en extrema. Es decir, alrededor de 320 mil cartageneros (poco más del 30% de la población local) viven con menos de $360.000 pesos al mes. Estos datos son escandalosos porque ocupamos los primeros lugares en las tablas de estos datos negativos. Por su parte, comparando el ingreso per cápita de las principales ciudades del país, nos ubicamos entre las últimas casillas, muy por debajo de Bogotá, Medellín o Cali.

Otra de las grandes problemáticas de la pobreza tiene que ver con las viviendas y los barrios, porque muchas de estas comenzaron como invasiones que iban formando conglomerados que al final resultaron convirtiéndose en barrios. Claramente, al conformarse a través de ese desorden, estos crecían en contextos urbanos inadecuados, que hoy sufren de inundaciones, deslizamientos de tierra, arroyos, entre muchos otros problemas. Además de todo lo antes expuesto, una porción importante de esta población no cuenta con ciertos servicios públicos como alcantarillado, agua potable o gas natural. Respecto al servicio eléctrico, muchos de los barrios sufren por un sistema de deficiente, por fluctuaciones o cortes constantes. El transporte público a muchos de estos barrios no llega ni por equivocación, la educación, la salud, la policía a penas están presentes y las administraciones distritales rara vez aparecen por allá. Todo esto muestra las precarias condiciones y las necesidades que tienen que padecer gran parte de la población vulnerable de la ciudad.

Pero, aún queda una duda muy importante en el aire y es ¿Cuál es la razón de esta situación?

Primeramente, la falta de políticas públicas eficientes que le permitan a los ciudadanos salir de estas condiciones de pobreza; la carencia de voluntad política real y de gobernantes competentes que ayuden a la superación de esta problemática. Por lo general las políticas de superación de la pobreza tienen como objetivo subsidiar a las personas en sus gastos corrientes, pero eso al final se vuelve insostenible y acostumbra a la población a ser dependiente de los gobiernos, por lo que de alguna u otra forma estas acciones mantienen a los pueblos en la pobreza.
Por otra parte, en Cartagena la economía se mueve mayormente desde la informalidad, del día a día, del rebusque, y claramente esta inestabilidad económica de muchas familias hace que todo dependa de las ventas del día. Si a lo anterior le sumamos la poca o nula educación financiera que reciben los cartageneros, lo que por consiguiente lleva a muchos a gastar su dinero ineficientemente, hace que la situación empeore, porque además de que hay poquita plata, la mal gastamos. Esta informalidad laboral también nos traerá problemas a largo plazo, porque ese 55% de trabajadores hoy no cotizan al sistema de seguridad social, por tanto ¿Qué será de la vida de estos trabajadores al momento de llegar a la vejez?

Por último, pero no menos importante, una parte considerable de la población cartagenera se quedan con el titulo de bachiller (si tienen suerte y no salen del colegio antes de obtenerlo) y claramente este nivel educativo no es suficiente para desempeñar muchos de los empleos que se ofrecen en materia de turismo, no tampoco en los sectores portuarios, industriales o inmobiliarios, lo cual trae como consecuencia que muchos cartageneros no puedan acceder a esos puestos de trabajo. Todo por la falta de cobertura y ofertas de la educación superior pública o privada que sean accesibles a la población vulnerable de Cartagena, así como también la falta de motivación hacia los jóvenes e incluso adultos a cursar carreras de educación superior o a emprender empíricamente.

¿Estamos ante un callejón sin salida?

La economía interna de Cartagena puede que esté algo estancada por una razón muy simple, y es que su gente no tiene poder adquisitivo, y si seguimos aplicando las mismas políticas de siempre, efectivamente estamos ante un callejón del cual nunca saldremos. Un principio económico muy simple que debemos entender es que “los gastos de una persona, son los ingresos de otra” – Ray Daylo- o sea, en la medida en que una persona gaste más, alguien ganará más, y a su vez este último podrá aumentar sus gastos en la medida que reciba más ingresos, de esta forma otro ganará más y así sucesivamente, o sea entre más cantidad y de mayor valor sean las transacciones que se hagan dentro de la economía de un territorio, más próspero será, pero el único camino para lograr esto de forma definitiva es aumentando la productividad, y esa es la tarea que tienen los gobernantes locales y también los del país.

En conclusión. Entendamos algo muy simple, la pobreza a fin de cuentas no le favorece a nadie, porque la economía de cualquier territorio crecerá en la medida de que sea más productiva, y esto solo se logra haciendo que cada individuo ponga de su parte, y claramente logrando que los ciudadanos tengan poder adquisitivo para consumir productos, servicios o incluso invertir para aumentar cada vez más su productividad, todo eso es valido y de alguna u otra forma aporta a la economía y lo más chévere es que al final termina impactando directamente en todos porque así como mejora las condiciones de los que hoy son pobres, el negocio de quién hoy tiene dinero, siguiendo estos parámetros tendrá más potenciales clientes, podrá facturar más dinero, la economía en general mejora, se recaudan más impuestos, se hacen más inversiones y esto al final genera un círculo, que en este caso no es vicioso, sino uno virtuoso, bueno o positivo.