Por Maryna Isabel Molina Romero
En 1858, Abraham Lincoln pronunció un discurso que cambiaría la historia de su país. Estados Unidos estaba al borde de romperse. El norte y el sur peleaban por una pregunta que no admitía medias tintas: la esclavitud. Lincoln se paró ante su partido y, citando un pasaje bíblico, dijo algo que nadie quería escuchar:
“Una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse en pie”.
Muchos pensaron que era un suicidio político. Pero Lincoln sabía que hay verdades que duelen precisamente porque son verdades. Tres años después estalló la guerra civil más sangrienta de la historia estadounidense. Y cuando todo terminó, fue ese mismo hombre quien tuvo que recoger los pedazos de una nación rota y recordarle a su pueblo que seguían siendo uno.
Hoy pienso en esa historia y pienso en Colombia. No porque crea que estemos condenados a repetirla, sino porque ninguna nación puede avanzar si convierte las diferencias en odio y la política en una guerra permanente.
El país en el que crecí y me formé es un país de gente buena. De madres que se levantan antes que el sol. De padres que trabajan con las manos hasta que no dan más. De jóvenes que sueñan a pesar de todo, que estudian, que luchan, que no se rinden aunque el camino esté lleno de piedras. Ese es el Colombia real. El que pocas veces aparece en los titulares. El que no tiene tiempo para el odio porque está demasiado ocupado intentando construir una vida mejor.
Por eso, independientemente del resultado electoral, hay algo que me preocupa más que quién ganó o quién perdió. Me preocupa lo que estamos perdiendo nosotros: la capacidad de escucharnos, de reconocernos y de recordar que compartimos el mismo suelo, las mismas dificultades y, en el fondo, los mismos anhelos.
Ningún político vale lo que vale la unidad de un pueblo. Ninguna ideología debería costarnos la humanidad. Tampoco debería convertirse en la única respuesta a nuestros problemas, sin que eso signifique renunciar a la obligación de exigir resultados, cuestionar decisiones o señalar errores cuando sea necesario.
Desde los tiempos del bipartidismo, Colombia no experimentaba una polarización tan profunda. Las diferencias políticas son naturales en una democracia, pero cuando se transforman en desprecio, dejan de fortalecer el debate público y comienzan a debilitar el tejido social.
Lo verdaderamente preocupante no es la victoria de un sector ni la derrota de otro. Lo preocupante es que estemos perdiendo la capacidad de mirarnos a los ojos y reconocernos como compatriotas. Que olvidemos que, más allá de los colores políticos, todos queremos vivir en un país más seguro, con más oportunidades, con instituciones sólidas y con un futuro mejor para nuestros hijos.
Las elecciones terminan, pero Colombia permanece. Los gobiernos pasan. Los discursos cambian. Los candidatos llegan y se van. Sin embargo, los desafíos de la nación siguen ahí, esperando respuestas que solo serán posibles si somos capaces de construir sobre aquello que nos une y no sobre aquello que nos separa.
La transformación real también depende de nosotros: de exigir, participar, trabajar y construir comunidad después de las elecciones. Depende de nuestra capacidad de convertir las diferencias en diálogo y las discrepancias en oportunidades para encontrar soluciones comunes.
Cuestionemos o celebremos, pero hagámoslo con respeto. Defendamos nuestras ideas sin convertir al otro en enemigo. Exijamos cambios sin renunciar a la convivencia. Recordemos que una democracia madura no es aquella en la que todos piensan igual, sino aquella en la que las diferencias pueden coexistir sin destruir la posibilidad de caminar juntos.
Porque los gobiernos pasan, las campañas terminan y las elecciones concluyen. Pero Colombia permanece.
Y una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse en pie.










