¡Orgullo! Equipo colombiano logró que astros fueran nombrados con palabras indígenas

La convocatoria NameExoWorlds 2022, lanzada el año pasado, permitió que una propuesta enviada por Orbitamautas, un equipo conformado por estudiantes, profesionales e integrantes de la comunidad U’wa de Colombia, fuera seleccionada por la IAU para darle nombre a la estrella LTT 9779 y el exoplaneta LTT 9779b, que ahora serán denominadas como Uúba y Cuancoá respectivamente.

Esta es la segunda ocasión en la que Colombia se destaca en el concurso, que, en la presente edición, escogió las 20 mejores propuestas enviadas de todo el mundo. La IAU incluyó el sistema LTT 9779 en su tercer concurso de nombramiento de exoplanetas y el país tiene el honor de lograr que este sistema ahora lleve un nombre colombiano, particularmente de la comunidad U’wa, un pueblo amerindio asentado en la Sierra Nevada del Cocuy, en los Andes nororientales.

En Colombia, la convocatoria de la IAU estuvo liderada por la Oficina para la Divulgación de la Astronomía de la Unión Astronómica Internacional (OAO – Colombia) y contó con el apoyo de instituciones de educación superior como el Instituto Tecnológico Metropolitano (ITM), la Universidad de Antioquia y la Universidad Distrital FJC, además de entidades dedicadas a la divulgación de la astronomía como el Planetario de Bogotá y de Medellín, la Red de Astronomía de Colombia (RAC) y la Unión de Grupos de Astronomía de Colombia (UGAC).

El exoplaneta es conocido como un Neptuno ultra-caliente, y posee 29 masas terrestres y un radio 4.7 veces mayor que nuestro planeta Tierra. Se encuentra muy cerca de su estrella (0.016 AU), tanto así que su periodo orbital es de apenas ¡unas 19 horas! (0.79 días).

Tras esta noticia, la OAO-Colombia organizará un conversatorio con expertos en Exoplanetas, divulgación de la astronomía y los integrantes del equipo ganador, el próximo 15 de junio de 2023 a las 6:00 PM de forma presencial en los planetarios de Bogotá y Medellín y será transmitido a través del canal de YouTube de la OAO y del Planetario de Bogotá.

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Hatem Dasuky: la historia de un pueblo en Canadá que resucitaron los colombianos

Por Hatem Dasuky, Ex Cónsul General en Montreal, Canadá Actualmente decenas de colombianos habitan una pequeña población en Canadá llamada Sainte-Clotilde, en la Provincia de Quebec, un pueblo que estuvo cerca de desaparecer por la falta de habitantes, sin embargo, gracias a una migración controlada de colombianos y liderada por el Consulado en Montreal, el pueblo sobrevivió. Esta es una crónica sobre como a través de la diplomacia se puede transformar positivamente la vida de connacionales, escrita en primera persona por Hatem Dasuky, quien fuera Cónsul General de Colombia para las provincias del Este Canadiense, con sede en Montreal, Quebec. Esta es la historia: Comenzaba el 2006 cuando llegó al Consulado Eva López, una pereirana carismática, vibrante, llena de energía y optimismo, que irradiaba una confianza y alegría contagiosa. Eva era la Directora de  Integration communautaire des inmigrants (ICI) en Thetford Mines, Quebec, una organización que ayuda a los migrantes a integrarse a la sociedad, haciendo más llevadera su nueva vida y la de sus familias.  Me dijo que en Sainte-Clotilde, un pequeño poblado de su región, que casi no sale ni en el mapa, habían cerrado la escuela por falta de niños y la fábrica más grande que daba empleo a sus habitantes estaba trabajando a media marcha porque no había mano de obra, en pocas palabras, el pueblo de 500 habitantes aproximadamente, moría lentamente. Su población estaba principalmente compuesta por adultos mayores porque las personas que tenían edad para trabajar activamente, prefirieron salir en busca de otros trabajos a las grandes ciudades o a los Estados Unidos, donde pagaban mejor. Mientras ella me contaba, pasaban por mi mente las familias de compatriotas que desfilaban por el consulado contándome sus penas y necesidades, como la dificultad para conseguir trabajo, para acceder a un crédito, el costo de vida tan alto en Montreal, etc. Entonces le propuse a Eva que me iba a poner en la tarea de buscar unas buenas familias, con niños pequeños, que estén interesadas en dejar la ciudad para irse al campo, pero primero yo quería ir a la región, conocer el pueblo, hablar con las autoridades y explorar cuáles serían las condiciones en las que estarían nuestros connacionales. Viajé a la semana siguiente, Eva me presentó al Alcalde de Sainte-Clotilde, me llevó a ver la escuela que estaba cerrada, recorrimos las pocas calles del pueblo, estaba tan entusiasmada como yo. Se trataba ni más ni menos que cambiar para siempre la vida de varias familias colombianas residentes en Canadá. La escuela pública me impresionó, era de primera categoría, tenía unas locaciones impecables, pupitres nuevos y una dotación que no tenía nada que envidiarle a las más costosas de las escuelas privadas de cualquier país de América Latina. Regresé a Montreal con la ilusión de conseguir unas cuantas familias, que comencé a entrevistar. Los primeros que llegaban venían de zonas rurales de Colombia, desplazados por la violencia, por lo que podrían gustarles la propuesta, pero temía que el frío los asustara. Debía decirles que era un lugar para trabajar y los niños estudiar, justo para familias, no era un destino de diversión para jóvenes estudiantes o personas solteras. Luego de escoger unas 10 familias que en promedio comprendían 40 niños, armamos un viaje a la región para que ellos vieran si les gustaba y aquel sería el lugar apropiado para sus nuevas vidas. Llegamos primero a la escuela, no se sabía quienes estaban más contentos, si los nuevos migrantes, los profesores o yo. Luego fuimos a la fábrica que estaba trabajando a media marcha y nos dimos cuenta que los trabajos eran manuales que requerían poco entrenamiento, incluso una familia que tenía una panadería en un barrio de Cali, pensó en montar una para hacer pandebonos y repostería colombiana. Días después el sueño se cumplió. La escuela abrió y se llenó de alegría, en las calles aledañas donde reinaba el silencio, se escuchaba la risa de los niños jugando, los abuelitos del pueblo salían sorprendidos a ver a sus nuevos vecinos y la fábrica que estaba a punto de cerrar comenzó a entrenar mano de obra nueva y no les digo como quedaron esos pandebonos en la nueva panadería ubicada en la calle principal. El alcalde me dijo:  “los colombianos resucitaron Santa Clotilde”.

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El Festival de Música del Caribe en Cartagena: una fiesta que unió culturas y trascendió fronteras 

El Festival de Música del Caribe, que inició en marzo de 1982, convirtió a Cartagena en un punto de encuentro multicultural. Organizado por Antonio ‘El Mono’ Escobar y Paco de Onís, este evento nació con la idea de crear «la rumba más grande de la ciudad», consolidando a Cartagena como el epicentro cultural del Gran Caribe. En su primera edición, celebrada en la Plaza de la Serrezuela, se presentaron artistas de la talla de Freddy McGregor y Ángel Viloria, quienes introdujeron nuevos ritmos como el reggae y el calypso en la ciudad. A medida que el festival crecía, en 1985 se trasladó a la Monumental Plaza de Toros debido a la creciente asistencia. Fue entonces cuando el maestro Francisco Zumaqué compuso el icónico himno del festival, «Colombia Caribe», que se convirtió en un símbolo de la identidad del evento. Este crecimiento también permitió la inclusión de más artistas, destacando la participación de grandes exponentes colombianos como Joe Arroyo, Juan Carlos Coronel, Wilson Saoko; y entre otros, quienes llevaron el sabor de la música tropical y la salsa a los escenarios del festival. Además de la música, el festival incluyó otras manifestaciones artísticas como muestras de pintura y escultura, y en 1991, el Sancochódromo, la primera muestra de comida caribeña. También surgieron eventos como la Gran Parada, donde los cartageneros disfrutaban de desfiles llenos de color y alegría, y el Foro de la Cultura Caribe en 1984, que promovió debates sobre la identidad del Caribe y su historia musical. El festival también impulsó la creación de otros eventos culturales paralelos, como la Feria del Caribe del Gallo Fino y el recital de poesía del Caribe, reflejando la diversidad cultural de la región. A lo largo de sus ediciones, el festival fue un espacio donde la música, la literatura y el arte se entrelazaron, permitiendo que Cartagena se convirtiera en un referente cultural del Caribe. El impacto del Festival de Música del Caribe no solo se sintió en la ciudad, sino que atrajo a miles de visitantes internacionales, muchos de ellos sorprendidos por la accesibilidad de un evento de tal magnitud. Mientras en festivales internacionales las entradas costaban miles de dólares, aquí se ofrecían a precios populares, permitiendo que personas de todas las clases sociales disfrutaran de la experiencia. Aunque la asistencia fue baja en la primera edición, con el tiempo el festival logró convertirse en un evento inclusivo. Los barrios populares de Cartagena y las zonas más acomodadas se unieron en una celebración única que, durante quince años, promovió la identidad caribeña y permitió a la ciudad brillar como epicentro cultural. El legado del Festival de Música del Caribe sigue vivo en la memoria de aquellos que disfrutaron de su esplendor. Durante sus años de existencia, el evento no solo celebró la riqueza musical del Caribe, sino que también promovió la integración y la identidad cultural de la región.  Fuente. Morales Espinosa, R. (2015). Música y Fiesta: Un análisis histórico del festival de Música del Caribe, Cartagena 1982-1996. Universidad de Cartagena

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