La fuerza del mar

Por Hernán Lenes

Noviembre, 2021

“Yo no llegué al softbol por talento, yo no tenía talento. Yo llegué al softbol por disciplina, una disciplina que se convirtió en amor y que luego me hizo talentoso, pero tú ves a niñitos de acá de 7, 8 años jugando beisbol y tiran esa pelota con tanta fuerza que tú dices: “¡Nacieron para jugar!”. Si saliera un sólo equipo de aquí del pueblo, seguro le gana a dos o tres barrios de Cartagena, aquí hay talento. Esto es una fábrica de lanzadores”.

Sebastián Pérez Manrique

Sebastián Pérez Manrique. Nació en Cartagena y creció hasta los 8 años en el barrio Olaya junto a su mamá, quien un día, cansada de pagar arriendo y alentada por los abuelos de Sebastián, decide regresar a Manzanillo del mar, su pueblo natal. Manzanillo es un pequeño corregimiento al norte de Cartagena, justo al lado del mar y donde la familia de Sebastián son fundadores. Llena de pescadores, turistas y como dice Pérez: “una fabrica de lanzadores”.

“Cuando llegamos a Manzanillo llegamos alentados por mi abuelo. Mi mamá es mamá es soltera y él le dijo que se viniera, que con lo que tuviese parara su rancho aquí en un terreno que él tenía, que ladrillo a ladrillo construyera y cuando hubiese un techo sobre nuestras cabezas nos viniéramos a vivir; y así fue».

Con un piso de tierra, la misma que habían conseguido para nivelar el terreno, paredes sin repellar, sólo dos focos en toda la casa, una reja de madera como puerta trasera y un amor abrumador, Sebastián y su mamá empezaron un nuevo camino, ahora en Manzanillo, a menos de 100 metros del mar. Una casa propia donde el gallo despertador es el relajante sonido de las olas chocando con las piedras.

Pérez tiene 22 años recién cumplidos, “todavía creo que tengo 21”; dice. Es el caballo del Tecnológico Comfenalco, el equipo de softbol de su universidad, jugador de la selección Bolívar sub23 y el primer lanzador de bola rápida de su edad en Manzanillo. Estudiante de Ingeniería Civil y líder comunal.

¿Cómo llegas al softbol?

Sebastián Pérez M: Antes de llegar al softbol llegué al deporte. Yo tenía 8 años, por ahí, y como es normal acá (En Manzanillo), por distracción todos los pelaitos de esa edad es lo que hacen. Además es el único lugar para socializar, entonces yo fui fue a hacer amigos. Jugábamos fútbol frente a la playa, las canchas eran las mismas carpas que estaban por ahí, son cuadradas así que uno se acomodaba entre dos y ahí jugaba. Cuando tenía 10 años entro a un equipo de fútbol, yo era alto y fuerte para tener esa edad, así que me pusieron de defensa central. Yo era bueno de defensa, pero tenía algo y era que a mí no me podían empujar porque yo me emputaba y casi siempre me sacaban del juego, así que era más lo que pasaba sentado que lo que jugaba.

Así pasaron tres años. Sebastian defendía a su equipo desde las bancas, casi siempre, pero el amor por el deporte lo alentaba. Sabía que debía mejorar, controlarse y disfrutar.

SPM: Jugar fútbol para mí fue muy difícil. Están todas las emociones a flor de piel y tener tanto contacto con tu rival te va llenando cada vez más de ganas de empujarlo, o de meterle el cuerpo y así, pero yo sabía que no debía y me decía a mi mismo ¡controlate!, pero nada, a veces no podía; y tenía 10 años, imagínate, recuerda Sebastian entre risas.

Fue esa misma fuerza que lo llevó al fútbol la que lo sacó de ahí. Algún día, cuando Sebastián tenía 13 años, uno de sus primos que para ese momento era líder comunal del pueblo le comentó que probaran en beisbol. “Eres alto y tienes fuerza en las piernas, me dijo-, así que fuimos a la cancha donde practicaban algunos muchachos de acá y me probaron”.

Pasaron sólo semanas para que Perez hiciera parte del equipo. Cuando llegó por primera vez no sabía cómo sentirse, “yo estaba feliz, emocionado, ansioso, triste… todo junto”, menciona, pero recuerda con claridad que en ese momento ahí parado, rodeado y acompañado de los otros compañeros sintió paz.

¿Recuerdas tu primer juego?

SPM: Eso nunca lo voy a olvidar. Siempre que llegaba a la cancha sentía la misma emoción, esta euforia por jugar que sentía jugando fútbol, pero ahora estaba solo en la mitad de un campo. Creo que ese fue uno de los regalos que me dio el beisbol, saber controlarme, física y emocionalmente. Yo llegaba a jugar y a mi se me olvidaba si tenía que hacer tareas, la niñita que me gustaba, si al día siguiente tenía clases, o cualquier problema que tuviese. Estaba totalmente ahí, éramos la pelota y yo.

A partir de ese momento empezó una rutina, la misma durante los próximos tres años. De lunes a viernes, por la mañana, iba al colegio. Llegaba a su casa a almorzar a eso de las 12.30pm, y a las 3pm se iba a prácticas hasta las 6 de la tarde, cuando regresaba a su casa a hacer las tareas para antes de 8 estar acostado y levantarse al día siguiente a las 5 de la madrugada para ir a clases de 6 am. Los sábados también entrenaba, de 8 a 12 del día, y el resto del sábado hacía las tareas que no alcanzó a hacer en la semana.

SPM: Así era mi rutina. Creo que eso me hizo más disciplinado. Y los domingos, me levantaba bien temprano a ganarme que si los $2.000 para tener para “la cosita” de la semana. Acá es muy normal eso, uno va a jugar a la playa y los dueños de los restaurantes te mandan a hacer los mandados, que si cómprame la verdura, que trae el pescado, y así vas escalonando a medida que creces; después te piden ayuda sacando las sillas del restaurante, limpiando antes de abrir, o que estés pendiente de la cocina. Hasta que llegas a ser mesero, a abrir el restaurante antes que los dueños lleguen; y así me pasó a mí, ese ha sido mi proceso hasta que entré en la universidad.

Sebastian, estudia Ingeniería industrial en Cartagena. Cuando llegó a la universidad quiso unirse enseguida al equipo de béisbol, pero sólo ofertaban softbol. Así que fue llegó a su gran amor, al que le debe dichas y pesares y la disciplina que hoy tiene. Llegó para vestir “una camiseta blanca muy colorida”, con líneas rojas y azules en el frente y el escudo del equipo con un letrero debajo que decía “softbol”. A los laterales el escudo de la universidad y un patrocinio institucional. Fichaba el número 16.

SPM: Normalmente en los equipos te dejan escoger el número. Son tantos jugadores que así se hace más fácil, pero eso también es jerárquico. Si tú eres nuevo no van a tener preferencia sobre tí, van a darle preferencia al caballo del equipo, que es como el mejor jugador, y si él quiere el número que tú quieres te lo quitan y se lo dan a él y a ti te asignan uno nuevo, eso es normal y me pasó a mí, dice entre risas. Yo quería el 20, porque mi cumpleaños es el 20, pero el caballo del equipo cuando yo entré también quería ese número y se lo dieron a él. El entrenador me dijo que me daba el 16 y así fue. Yo dije que no había problema, que más importante que el número de afuera era el número de adentro y el entrenador asintió.

Sebastian era el 10, y no pasó mucho tiempo para demostrarlo. Con sus mangas añadidas al uniforme lo mandaron a la Escuela de bola rápida, tenía buen brazo y el entrenador lo notó. Cuando entró por primera vez a la escuela sólo veía gente mayor, de 25 o 30 años, él tenía 16, pero aún así lo hizo y pasó las pruebas. Con algunos años se convirtió en caballo de su equipo y después de haber portado el 8, el 11 o el 13, al final pudo colgarse la 20, “la del día de mis santos”, enfatiza.

Las grandes ligas

Cuando llegó la pandemia, siguió entrenando, ahora desde su casa, a la orilla del mar como hace algunos años. Trotaba, corría y hacía rutinas improvisadas para mantenerse en forma, esperando el momento de volver a las canchas. Todo 2020 fue una pausa, lo obligó a dudar, a pensar en sólo estudiar y dejar a un lado el softbol, pero su amor por el deporte lo mantuvo en pie. Después de haber superado dos veces el covid, decepciones amorosas y la reciente muerte de su abuela, Sebastián recibió una llamada. Era su entrenador, lo querían en Barranquilla para hacerle pruebas, confiaban en su talento y querían sumarlo a la Selección Bolívar de Softbol.

¿Cuándo entras al softbol profesional?

SPM: El día que me llamaron yo estaba acostado. El entrenador me dijo que querían ampliar los equipos de Bolívar y que me querían dentro. Me alistaron y me mandaron. Llegué al hotel y veía sólo gente mayor, como cuando fui a la escuela de bola rápida; yo creo que el miedo se me notaba en la cara. Miedo a no hacer las cosas bien sumado a esta duda que tenía de si este era mi camino. Apenas me dieron las llaves de la habitación subí corriendo, entré al cuarto y lo primero que hice fue arrodillarme frente la cama y pedirle a Dios. Yo no sé si era la misma angustia, o el miedo que sentía, pero escuché la voz de mi abuela, mi ángel guardián, era marzo y ella había muerto en enero. Me dijo que siguiera, que luchara, que si pasaba esto venían cosas mejores, y si superaba eso, entonces ahí era. Así fue. Ese día me acosté más temprano que nunca, pero no pegué el ojo en toda la noche.

A la mañana siguiente el nombre de Sebastian Pérez listaba en la selección Bolívar sub23. Llevaba años corriendo a la orilla del mar, bajo un sol incesante y una salina ahogante que lo habían preparado para ese momento. Un brazo fuerte, la disciplina de 10 años y el amor por el deporte le estaban dando frutos. Resultados que comparte con su pueblo, a quien algunos días a la semana les guía clases de lanzamiento. Es un grupo pequeño de jóvenes de Manzanillo, a quienes les gusta el deporte y el softbol y a los que Sebastian espera poder ayudar.

¿Qué quieres que pase contigo?, ¿dónde te ves?

SPM: En el softbol yo espero llegar a Selección Colombia, esa es la meta, pero por algún motivo no pasa, entonces intentar guiar mi carrera a eso. Yo estudio Ingeniería cívil, pero eso es como si fuese un administrador con casco, entonces no sé, liderar alguna campaña, equipo, o ser directivo de alguna entidad que promueva el deporte. Yo ahora soy líder comunal y mi enfoque es deportivo, ojalá llegar a ser líder comunal de todo el pueblo y poder hacer más por los niños que nacen con este talento. Sea cual sea el camino la meta es la misma: salir adelante y ayudar a la gente. Ser un referente, que a quienes les interese el deporte aquí en el pueblo sepan que pueden hacerlo, que confíen en ellos mismos.

El camino que ha recorrido Sebastian para llegar aquí ha sido, como él lo dice, lleno de tropiezos, escalones y tirones; y aunque su casa ya no es la de hace 10 años, recuerda con nostalgia ese niño desordenado que se acercó a la playa a jugar, a quien le debe su amor por el deporte y con quien estará agradecido toda su vida.

Cuando llamé a Sebastian para cuadrar la entrevista hablaba poco y muy bajito. Era 2 de noviembre, día de los muertos. Como todos los años, junto a su familia, visitan las tumbas de sus ancestros, le llevan flores y adornan sus altares. Este año, lamentablemente, tuvo que visitar a su abuela, a quien considera su ángel guardián y quien hoy está unos pasos más cerca del mar, aunque esté en cielo. Q.E.P.D.

 

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