En Cartagena, mas específicamente en los años 70, cuando el desarrollo urbano aún convivía con tradiciones y costumbres locales, los buses de la desaparecida ruta de Torices marcaron una época inolvidable en el transporte público. Estos vehículos, fabricados en los años 60, eran Chevrolet modelo 1963, y representaban una de las formas más comunes y económicas de moverse por la ciudad, con su diseño peculiar, estos buses carecían de ventanas de vidrio, y en su lugar, llevaban cortinas de lona gruesa, similares a las de los camiones, que se sujetaban con presillas de cuero. Estas cortinas podían subirse o bajarse según la necesidad, ofreciendo protección contra el sol abrasador o las lluvias ocasionales, sin embargo, el viento a menudo las levantaba, y con él, pequeños rocíos de agua o polvo impactaban en los pasajeros, dando origen al apodo «buses pringa cara». A pesar de sus limitaciones, como frenos de líquido y un motor que funcionaba exclusivamente con gasolina, estos vehículos fueron un símbolo de accesibilidad, ya que el costo del pasaje era menor en comparación con los modernos buses que comenzaron a aparecer con ventanillas de vidrio, por ello, los «buses pringa cara» se convirtieron en una opción popular entre los habitantes de Torices y otras zonas de Cartagena.