Por: Juan Ferrer Suárez
En la primera parte de esta columna pensamos la cárcel como un hospital donde el
“enfermo” debía ser tratado, rehabilitado y preparado para regresar a la sociedad. Sin
embargo, la realidad nos muestra un panorama mucho más sombrío: la cárcel en
Colombia y en gran parte del mundo ha dejado de ser hospital para convertirse en una
verdadera universidad del crimen.
El condenado ya no va a pagar la pena a un espacio diseñado para su resocialización, sino
a un sistema que reproduce la violencia y la delincuencia en nuevas y más sofisticadas
formas. En lugar de recibir tratamiento, orientación psicológica o formación para el
trabajo, el privado de la libertad, se encuentra con un escenario donde el crimen se
organiza, se planea y se perfecciona. el enfermo ya no acude al hospital en busca de
sanación, sino que es matriculado en una universidad donde, en vez de aprender valores
de convivencia, se instruye en nuevas modalidades delictivas, recibe contactos
criminales y perfecciona sus habilidades antisociales.
Ya advertía el maestro Claus Roxim “sobre la necesidad de la pena privativa de la libertad
para proteger la convivencia social. La imposición de una pena se hace necesaria y sólo se
justifica en los casos en donde se “perjudique de manera insoportable la coexistencia, libre
y pacífica, de los ciudadanos y no sean adecuadas para impedirlo otras medidas jurídicas ypolítico sociales menos radicales”,
Lo cierto es que las cárceles, están lejos de ser espacios de rehabilitación, y de protección
de la convivencial social, muy por el contrario, se han convertido en centros de
reproducción de la criminalidad. No es coincidencia que muchas de las extorsiones,
secuestros extorsivos, homicidios selectivos y redes de microtráfico se sigan ordenando
desde dentro de los centros penitenciarios. Allí, los grupos armados ilegales, las bandas
organizadas y las mafias encuentran un lugar privilegiado para reclutar, adoctrinar y
expandir su poder.
De esta manera, la crisis de inseguridad que vivimos como país tiene un fuerte vínculo
con el fracaso del sistema penitenciario. ¿De qué sirve aumentar penas o construir más
cárceles si estos lugares en realidad operan como centros de formación de la
criminalidad? La sociedad, que espera ser protegida mediante la privación de la libertad
de los delincuentes, termina siendo aún más vulnerada porque el Estado no garantiza
que la pena cumpla su finalidad constitucional de reinserción social. Surgen interrogantes. ¿Estamos castigando al delincuente o estamos perfeccionando al
criminal? ¿Estamos protegiendo a la sociedad o condenándola a sufrir las consecuencias
de un sistema penitenciario que forma delincuentes?
Entonces es necesario como ciudadano hacer un llamado a las autoridades a formular
planes y políticas públicas para abordar la criminalidad como problema estructural,
fomentar una armónica colaboración con los miembros de la Fuerza Pública, el Instituto
Nacional Penitenciario y Carcelario y La Fiscalía General De La Nación para combatir este
flagelo que tiene en jaque a nuestra Sociedad. No podemos permitir que se sigan
creando políticas ineficaces y populistas por evidentes inexpertos.
Lo realmente preocupante es que no existe un hospital para curar al enfermo y mucho
menos darle de alta como ciudadano sano, hoy la cárcel es una UNIVERSIDAD DEL
CRIMEN gradúa criminales con diplomas de doctorado en violencia, narcotráfico y
corrupción. Mientras tanto, la sociedad sigue atrapada en un círculo de miedo e
inseguridad que parece no tener fin… y una vez mas el derecho penal ha fallado.










