Cartagenera imparable

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Astrid nació en esa Cartagena que está detrás de las murallas, ella no vive en una casa con balcones volados, pintados de blanco y adornados con encendidas veraneras; tampoco en un apartamento con vistas al mar. Astrid vive en la Cartagena que los turistas no conocen, la que está más allá del mercado de Bazurto, la que tiene muchas cuadras entrelazadas por telarañas de cables de alta tensión, calles con poco pavimento y muchos rostros de candidatos y emblemas de partidos políticos pintados a medias en las paredes, ya desteñidos por el olvido.

 

En la casa de Astrid empezaron a escuchar de administración industrial cuando ella estaba terminando bachillerato, los términos aritméticos no eran tan comunes para sus padres. Su mamá trabaja haciendo aseo en casas, lleva a cuestas los gastos de la casa, ya que el papá de Astrid no pudo seguir pintando paredes ya que sus pulmones no resisten más la toxicidad de la pintura. A los 26 años Astrid está cerca de terminar su carrera de administración industrial en la Universidad de Cartagena, hace parte de 150 jóvenes estudiantes de carreras afines a la transformación digital y son becados por el Banco de Bogotá. No solo reciben recursos para matrícula y manutención, sino también mentorías especializadas tech para enfrentar el desafío de transformar su vida, su familia e impulsar el desarrollo de su región y el país.

 

Ahora Astrid anda más tranquila, está becada y la etapa final de su carrera ha sido gratificante. Ella recuerda la cifra mágica que necesitaba ver para ingresar a la universidad, ¡65! “Antes de entrar a la universidad me inscribí a un preuniversitario, pero no me alcanzó para pagarlo todo, entonces solo recibí las clases un mes y me quedé con las guías de estudio que tenían unos ejemplos de examen, yo los hacía y luego verificaba con las respuestas correctas y siempre sacaba 60 puntos, pero yo sabía que debía sacar mínimo 65 para pasar. Llegó el día del examen, con muchos nervios y de la mano de Dios, lo hice; semanas después, estaba en la oficina, salieron los resultados y cuando vi la palabra ‘admitida’ quedé en shock, no lo podía creer, iba a estudiar en la universidad y como cereza del pastel, había pasado en el puesto ocho”, dijo Astrid.

 

Durante los meses más duros de la pandemia, Astrid trabajó tanto que no tenía casi tiempo para estudiar, pero de su trabajo no solo dependía la continuidad de sus estudios, sino también el bienestar de su familia. De hecho, al cierre de 2021 se sentía tan agotada que ya estaba hablando con el director del programa en la universidad para evaluar la posibilidad de participar en actividades extracurriculares que se tradujeran en ayudas o disminuciones sobre el costo de la matrícula.

 

“Estaba agotada, ya no aguantaba más trabajar y estudiar al mismo tiempo es muy duro, pero a mi me tocaba porque si no lo hacía, no podría pagar mis gastos de transporte y mucho menos de matrícula; entonces empecé a buscar opciones en la universidad, de lo contrario, me tocaría dejar de estudiar. Justo en ese momento, me notifican que soy beneficiaria del programa Juan María Robledo, una iniciativa que más allá de ser una ayuda económica, significa la oportunidad de terminar mis estudios con tranquilidad para poder ayudar a mis papás más adelante; este tipo de proyectos impactan no solo en la vida del estudiante, sino de toda la familia, pues brindan mayores oportunidades de desarrollo”, afirmó Astrid.

 

Hoy Astrid continúa con sus estudios de la mano del Banco de Bogotá y espera finalizarlos para enfocarse en finanzas y gestión de la calidad. Espera que luego de obtener un título profesional y sumada la experiencia que ha adquirido en los últimos años, pueda ayudar a su familia a tener una mejor calidad de vida; espera apoyar a sus hermanos para que, como ella, puedan salir adelante y culminar con éxito su carrera universitaria que les permita progresar en medio de esa Cartagena que la mayoría de personas, no ubican en el mapa, la de la gente del común.

 

En muchos espacios se describe a Cartagena como una ciudad imparable, describiendo su tradición y futuro. Ese relato del corralito de piedra encaja en Astrid, una cartagenera imparable.

 

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