“Puede que hoy sea tormentoso, pero nunca llueve para siempre”. Anónimo

Por Álvaro Morales de León

Estoy más que preparado para las críticas que de seguro me sobrevendrán por el contenido de este artículo; y también estoy listo para aceptarlas, porque de manera indudable no todos que leen ni todos los que escuchan mis columnas tienen que estar de acuerdo, necesariamente, conmigo, sobre todo si de temas espirituales se trata.

He titulado, ¿Y por qué no orar? como una forma de interrogarnos, de interrogarse, el por qué no acudir a esta poderosa y comprobada arma, no religiosa, sino mística, que se puede y podría emplear en esta lucha, en esta guerra contra ese diminuto agente patógeno engendrado en el Oriente, el coronavirus SARS-CoV-2, productor del mortal Covid-19, y que disperso por toda la faz de la tierra como pandemia fustiga y flagela a la humanidad.

Creíamos, cuando supimos de la existencia de la enfermedad, que probablemente no nos llegaría; y hasta llegamos a inferir que, de llegar, sería cosa de poco tiempo, y por qué no decirlo, fácil de manejar y fácil controlar; pero no ha sido así, nos acercamos a los cuatrocientos días de trajines y lidia con este fatídico microbio que parece no someterse a medicamentos, vacunas ni a medidas de confinamiento, y todas las demás que se han dictado tratando de sojuzgarlo.

El letal virus no ha respetado nada, ha segado la vida de un copioso número de médicos, también la vida de muchos jóvenes, adultos y ancianos, pero tampoco ha dejado de lado a la economía ni a los sistemas de salud estropeándolos hasta llevarlos a una profunda crisis no fácil de recuperar ni salir de ella.

Día a día las oscilantes cifras de fallecidos, recuperados y contagiados se columpian en altibajos produciendo, una veces, esperanzas y animosidad; pero en otras, tristezas, dolor, y hasta decepción por el poco caso que ha hecho este maligno bicho a todo lo que se ha emprendido para enfrentarlo y aniquilarlo.

La situación es de tan preocupante e incontrolable gravedad que la directora de una IPS de Medellín, ante la aguda crisis hospitalaria en esta ciudad y el agotamiento de los recursos expresó con tristeza que “hay dolor en los médicos y lo que queda ahora es la mano de Dios. Hay lágrimas en los médicos y en el personal de enfermería porque nadie quiere ver este desborde”.

Esperamos a que esta situación, a pesar de las precariedades, no llegue al extremo de lo que se dice ocurrió en Italia donde, ante la crisis y la incapacidad hospitalaria para ofrecer atención médica a los enfermos, un comité con personas de diversas áreas decidía quien viviría y quien moriría.

Si se dice, y en Colombia sí que se sabe de esto, que en toda confrontación bélica se podrán emplear todas las armas de lucha, entonces, ¿por qué a además de todas las medidas, tratamientos y vacunas empleadas en la pelea contra el Covid no emplear también la oración como una de ellas, pero como arma espiritual, como una manera de clamar a Dios por la sanación de la tierra? Clamor a lo que muchos posiblemente se resistan y no estén de acuerdo.

Escrito está que El Padre, a través de Salomón dijo a la nación: “…si mi pueblo que se identifica usando mi nombre, se humilla, ora, me busca y abandona sus malas conductas, entonces yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré sus pecados, sanaré la tierra y restauraré el bienestar del país”.

Finalmente, ¿por qué no intentarlo?