Por Samuel Simancas 

No había vuelto a escribir desde hacía algunos días, y no porque estuviese queriendo hacer una corta pausa, por el contrario, estaba escribiendo algunas reseñas y pasándola bien en casa; no pensé que tendría algún distractor o algo por el estilo, sin embargo, por esos momentos inoportunos en los que se le corta a uno la inspiración me fui a hacer algunas cosas que tenía pendiente. Esa tarde llovió, y como nos es costumbre a quienes vivimos en la costa, lo esperado sucedió: Se fue la electricidad. Por un simple aguacero, sí, por un simple aguacero.

Pasaron varias horas y no regresó el servicio. Se hicieron las ocho de la noche y aún guardaba la esperanza de que volvería para de inmediato poder continuar escribiendo. Pero no pasó; el transformador del poste se había dañado. Me sentí jodido. Al final tuve que aceptarlo, tocaba esperar y confiar que tal vez en la mañana arreglarían el daño.

Se me vino a la mente esa situación justo antes de pensar la manera en la que abordaría el libro XIII; supe que esa sería la experiencia perfecta para empalmar la lectura con el suceso. Y justamente, como si fuese un momento de déjà vu, sentí lo mismo al leer el libro. Aunque no puede parecer fuera de lugar, ese fue un tipo de “premonición literaria” si es que existe el término.

En la obra, el autor logró introducirme en un mismo lugar donde lo inesperado y lo oculto tienen su punto de encuentro; mujeres jóvenes que guardan entre sí las arrugas de muchísimos años de experiencia, en otras páginas, se presenta a gente que paga por ser golpeada, y en uno de esos relatos, el autor consiguió llevarme a estar dentro de la piel de una mujer a la cual le practican una lobotomía, y luego siguieron relatos aún más intensos, solo por citar algunos casos.

Sin embargo, un elemento narrativo que no fue de mi agrado en algunos cuentos es el uso de paréntesis para ejemplificar algo que puede leerse entre líneas. Del resto, la narración está bien lograda y llega a crear imágenes bastante solidas.

XIII es un libro para para preguntarse, por más loco que parezca, ¿y qué tal si llegase a pasar eso en la vida real?

(…) Hoy me han dejado en mi celda. Las baldosas parecen revelarme un paisaje secreto a través de los árboles. Aquí y allá se esconden los ojos de mis captores, y yo, desnuda, les enseño el espectáculo de mis senos. El vizconde llega con una caravana de brujos y chamanes a decirme lo que debo y no hacer. Yo obedezco y me dan galletas de perro.