“Más fácil es desintegrar un átomo que un prejuicio”, Albert Einstein.

Por Álvaro Morales

Pensé que la palabra tirria no se encontraría en el Diccionario de la Lengua Española, pero me equivoqué porque sí está y la define, entre otras acepciones, como el manifiesto odio contra algo o contra alguien; y en otros diccionarios lo hacen diciendo que es esa manera de discutir con terquedad y obstinación. Esto es tirria.

Contrario a lo que mandó Pablo, el apóstol, que de todo lo que examinásemos nos quedáramos solamente con lo bueno, hoy eso no sucede, y en especial, con cierto grupo de personas que han abierto sus mentes para dar cabida a lo malo dando crédito a todas las mentiras que sobre la vacuna anticovid fluyen de manera irresponsable a través de las redes sociales.

Han permitido que la ensarta de falacias haga mella y perturbe sus mentes. El fanatismo, el desconocimiento u obstinación los han conducido a la reprochable decisión, la de no dejarse aplicar la vacuna contra el mortífero Covid-19 con sobradas carencias académicas e informativas sobre la bondad del biológico.

Estos absurdos y peligrosos grupos “antivacunas”, sin fundamento alguno, y por clásica antipatía e ignorancia desconocen y tiran por la borda todo el trabajo científico del cirujano inglés, Edward Jenner, cuando en 1798 revolucionó la ciencia médica dando a conocer al mundo el desarrollo de la primera vacuna, la vacuna contra la viruela que los humanos contraían del ganado vacuno.

A la viruela, antiquísima enfermedad de carácter viral, responsable de la muerte de más de 300 millones de personas en el mundo, y el aniquilamiento de gran parte de la población aborigen de América, fue a la primera enfermedad a la que en 1980 la OMS declaró erradicada, gracias a la vacuna.

Los estropicios contra el biológico que nos protegerá del Covid transitan desde achacarle que el señor Bill Gates le ha agregado un chip para controlarnos; que en su fabricación se han empleado abortivas placentas de mujeres; y hasta han llegado a decir que le han adicionado un ingrediente para disminuir la población mundial, etc, etc. ¡Cuanto absurdo y cuanta insensatez!

Los alocados prejuicios contra el inmunizante son una muestra de la pobreza informativa e histórica de lo que han significado las vacunas para el control de letales enfermedades en el mundo.

Para los que despotrican contra las vacunas es bueno hacerles conocer que, si no hubiera sido por estos mecanismos de inmunización, la producción agropecuaria en Colombia y en el mundo fuera un fracaso. Hoy, Colombia, en el sector ganadero, es un país libre de Fiebre Aftosa, con vacunación, gracias a una vacuna, bondad extendida en las explotaciones avícolas, porcícolas, equinas; y hasta a las mascotas.

Pero a pesar de todas estas bondades, estos desquiciados grupos antivacunas, en medio del Estado garantista de derechos, como lo es Colombia, pretenden acudir a la absurda objeción de conciencia para no dejarse vacunar; olvidándose que el Código Penal tipifica esta conducta como delito contra la salud pública, circunstancia que tendrá que reafirmar, prontamente, la Corte Constitucional.

Finalmente, no creo que demoren la promulgación presidencial y constitucional que obligue a la vacunación contra Covid-19; como en pretéritos tiempos se hizo con la Tuberculosis cuando para ingresar al colegio era requisito indispensable aportar una fluoroscopia pulmonar, de las que tomaba el doctor Berdugo, así como el carnet con todo el registro de vacunas exigidas; y como también todavía se exige, la vacunación contra Fiebre Amarilla para poder salir del país.

Un llamado a la sensatez hacemos a los grupos antivacunas para que abandonen su desafortunada decisión.