Por Gustavo Morales de León

En un tiempo como este hay muchas emociones encontradas y es fácil irnos a un extremo o al otro.
Lo conveniente, en estos sentimientos encontrados, es no dejar por fuera algunas verdades del porqué de estas calamidades a una sociedad cartagenera, que en su gran mayoría se volvió tan rebelde que perdido el camino de una adecuada formación en valores y principios, y que hoy está corriendo el riesgo de la condenación en momentos donde ya hay suficiente dolor.

A pesar que en ésta cruda realidad nos encontramos de frente con las dificultades, dolores y martirios, surgirá en cualquier momento ese esperado mensaje de aplacamiento y de certidumbre, que le permita a nuestra sociedad en general, tener actos de contricción para que al mismo tiempo se arrepienta de todo aquello que se ha considerado ha venido haciendo mal ante los ojos de Dios como son la abundancia de la idolatría, la inmoralidad sexual, el aumento de la avaricia, la hipocresía religiosa, el sentido falso de seguridad, los robos de dineros del erario que le pertenecen al pueblo para paliar sus necesidades, la envidia, el egoísmo, el no agradecimiento ni el reconocimiento, la burla y el irrespeto, entre otros.

Las calamidades o los desastres por pandemias siempre las ha tenido que sufrir es el pueblo porque esa fetidez no distingue raza, sexo, estatus, nivel académico, edad o cualquier otra clasificación que se quiera usar.
Hoy nos encontramos ante un enemigo microscópico que ha puesto al mundo con la cabeza hacia abajo… y pensar que apenas estamos al inicio de ésta pandemia, la cual ya tiene grandes efectos económicos en la ciudad, en el departamento, en el país y en el mundo.

Pero, este no es nuestro único problema local sino que la crisis también es mundial; que sin lugar a dudas, es una gran pena que en los últimos tres meses hayan muerto 227.000 personas como resultado de infecciones por el coronavirus, pero no podemos tener una panorámica balanceada si no vemos toda la problemática del mundo como un todo.

Por ejemplo, ¿Sabías que cada día mueren entre 15 y 16 mil niños de hambre? Esto implica que en los tres meses que esta pandemia tiene, han muerto unas 227.000 personas de este coronavirus y 1.5 millones de niños han muerto de hambre mientras el mundo ha estado en silencio. ¡¡¡Que infamia!!!

Pensemos, ¿Cuál pandemia es mayor? Muchos me han dicho por las redes sociales que esas dos comparaciones no son justas pero la única respuesta que yo encuentro es que la diferencia estriba entre las dos tragedias es que el coronavirus me puede afectar a mí, a mis hijos y a mi familia, mientras que la hambruna no lo ha hecho y probablemente nunca lo hará.

Sabemos que ni los millones de niños que han muerto por hambre o los que murieron por contagio con este virus, no serán motivos de reflexión ni de arrepentimientos aunque haya consolación, porque lo que prima para los gobernantes demócratas neoliberales es la preocupación por la crisis del sistema económico y no por la salvación de un pueblo que se volvió cómplice de quienes se robaron los dineros de la salud en Cartagena y en Colombia.

El caso es que ante ésta calamidad le hago un llamado a los incrédulos para que tengan un encuentro con Dios para disciplinarse, humillarse y limpiarse de mente y de corazón, con el fin de apaciguar, dominar esta pestilencia, y así regresar a los caminos de la verdad, que es el sendero de los valores y principios como regla para un buen comportamiento en la sociedad.