Por Ricardo Andrés Cano Andrade

Abogado e investigador colombiano

Hace muchas décadas, por diferentes causas políticas, sociales y económicas enmarcaban el inicio de una disidencia en armas en la sociedad colombiana. No importa las razones, pero muchos compatriotas consideraron necesario el levantamiento en armas para la defensa de una idea.

No digo que no importen sus ideas y razones para entender su posición. Digo que jamás será suficiente algún argumento para admitir la violencia, y más si surge en el marco de una sociedad colombiana que si algo, desgraciadamente, nos destaca es nuestra violencia. Así, estos opositores violentos no contaron con la resistencia igual de violenta de una fuerza pública sanguinaria, y que después, la misma sociedad cívica tomará armas para “defenderse” y extender un conflicto armado al contexto de guerra civil por muchísimos años.
La historia se repite, y como ya es de conocimiento popular: “a causa de no saber nuestra historia”. Yo a este postulado agregaría que más que conocerla, el asunto es reconocerla.

Esta reflexión surge de una discusión con una persona que defiende la posición de generaciones pasadas, cuando camino al trabajo debatíamos sobre las razones por las cuales los representantes del paro nacional y la presidencia de la república no habían conseguido un acuerdo. Siempre he demostrado mi posición empática con las viejas generaciones que sufrieron de peor manera los desmanes de la guerrilla, no importa lo que se diga, siempre para ellos habrá una justificación razonable para el levantamiento en armas de la sociedad civil y la mano dura (muchas veces en exceso) de la fuerza pública.

Sin embargo, mi generación cansada de esta guerra, pero con un profundo rencor y resentimiento al paramilitarismo, jamás entenderemos que un ejército se levante contra su pueblo, y que el simple odio (que posiblemente no sentimos por no sufrirlo directamente) a una comunidad opositora violenta, sea causal de ir y asesinar comunidades en busca de dos o tres miembros de esa oposición.

El asunto es de rencores que van y vienen. Cuando discutía estos asuntos con mi padre, a mi mente llegaba esa frase bíblica de enseñanza en la oración cristiana: “Perdónanos como nosotros también perdonamos a los que nos ofenden”, dicho pensamiento venía cuando en firme rebatía a esta persona su posición de que la única forma de acabar con este problema es mano dura y autoridad más fuerte del gobierno para con el pueblo… Y pues ¡NO!

En un país con una alta formación cristiana, que muy seguramente muchos habrán leído o escuchado esa frase; algunos pensarán que dicha oración constituye un doble racero de moralidad: Dios perdona en la medida que nosotros perdonemos… No.

Yo reflexionaría en la misma como una simple función de doble vía, somos perfectamente capaces de exigir en la medida que cumplamos con nuestra obligación: Si quiero perdón, primero debo perdonar.

En este orden de ideas, es cruel y ruin lo que vivimos, pero es igual o peor lo que hemos vivido en nuestra historia, todo a causa de no perdonar. ¿Perdonar? ¡Es muy duro! Claro que sí, pero los últimos años de acuerdo demuestran que es la única vía. El problema es que la guerrilla o los disidentes opositores no son el único problema. Nuestro ejército tiene mucho que responder, y nosotros mucho que perdonarles, igual que los civiles levantados en arma.

Me niego a retomar la historia, me niego a que mis hijos padezcan lo que vivieron mis abuelos, mis padres y lo que he vivido yo. Por eso, hoy levanto mi voz de protesta con la única arma que considero puede acabar con esto… y manifiesto a mi patria Colombia ¡QUE ME PERDONE!

Perdón por no haber escuchado a mi opositor, no haber respetado las ideas de mis detractores y haber menospreciado los consejos de comunidades alejadas a mis criterios. Perdón por mi intolerancia con la diferencia y haber justificado cualquier medio para erradicarla. Perdón por no detener las discrepancias de otros ciudadanos, no haber puesto voz de calma ante el conflicto e incluso encender aún más la llama del discurso inquisitivo. Perdón por caracterizar la violencia dentro de mi personalidad como colombiano en vez de erradicarla, Perdón por amar tóxicamente a mis partidarios y odiar con todas mis fuerzas a mis contradictores.

Refiero este disparo de amor y suplica humana, comprometiéndome como colombiano: a amar a mi enemigo, a enseñar a mis hijos que el diálogo es la mejor arma y que nunca la violencia solucionará algo. Igual declaro: que perdono a mis ofensores, que perdono al guerrillero que masacro a mis familiares; que perdono a los paramilitares que destruyeron muchos pueblos de mi amado departamento, que perdono al ejército que ha violentado a mi gente; que perdono a cada oficial, civil o indígena que ha retomado la peor de las andanzas de nuestra historia sangrienta a día de hoy.

¡Refiero con humildad y honra este disparo sin violencia, con la más firme convicción de perdonar a Colombia por su historia, con la leve esperanza de que esta me mire a los ojos y algún día ME PERDONE!