Por Samuel Simanca

Hace un par de meses buscaba en internet alguna editorial española que tuviese sede en el país; estaba un poco desilusionado del panorama del libro, en especial de las editoriales. Para ese entonces contaba apenas con contadas publicaciones, el proyecto de reseñas de literatura colombiana, Paso, recién tomaba forma. En aquel momento, cuando contactaba con diversas editoriales para el envío de ejemplares, ponían muchas trabas. Sin embargo, por esas casualidades de la vida, encontré a Plaza y Janés.

Ahora bien, pasaron varios días hasta que contestaron mi correo; eran días de espera, de indecisión, el vértigo entre el querer y el abandonar Paso, un eco de voces y las horas del reloj. Era lunes, lo recuerdo bien, cuando recibí la respuesta; para no alargar la historia puedo resumir que, pasadas unas semanas un libro llegó a mi casa, era Otoño Azul, no sabía a ciencia exacta de qué iba. La felicidad me inundaba, al parecer el proyecto continuaría.

Y así, la posibilidad se hizo real.

Al leer el libro, esa fue la manera en la que me conecté con la historia, un espejismo de las vivencias de Nacho, el protagonista de la historia. Digerir la historia no fue realmente difícil, la narrativa de José Ramón Ayllón es fluida, un torrente; sigue, continúa y hace grietas, esas que están tan presentes en el libro.

La vida de Nacho no ha sido nada fácil, a su corta edad ha tenido que sortear una terrible realidad: la muerte de su madre y cambiar de colegio. Sin derecho a detenerlo se ve forzado a tener que vivir una nueva vida. No queda otra cosa por hacer.

Pero en medio de tal caos surge la posibilidad; conoce a una chica llamada Paula en un tren de cercanías. Juntos tendrán que sortear varios obstáculos para llegar a conocerse, y entre esos, uno que logrará tener en juego la vida de la chica.

El duelo por la muerte de su madre llega a sentirse con ahínco cuando termina de contarles un cuento a sus pequeñas hermanas.

Paloma bosteza, sonríe a su hermano y le da un sonoro beso.

—Hasta mañana, Nacho.

—Hasta mañana, lagartija.

   Estrella sale detrás de su hermana, pensativa. Al cruzar la puerta, se detiene y se gira hacia la cama.

—Nacho…

—¿Qué?

—¿Por qué tuvo que morir mamá?           (Pag.90, fragmento)

En cuanto a lo que se refiere edición, el libro está bastante cuidado, pero como lector me hubiese encantado hallar ilustraciones, pues el público al que va dirigido son niños-jóvenes. No lo considero un factor que demerite el libro, sin embargo, creo que los editores deberían tenerlo en cuenta para futuras reediciones. Mientras tanto, Nacho seguirá mirando por la ventana, analizando cada paisaje y creyendo en las posibilidades, que llegan para cambiarlo todo.