Por Lidy Ramírez

Si bien es cierto que nos encontramos ante una administración inexperta, con un líder muy mediático y disruptivo, pero que hasta ahora no ha sido capaz de evidenciar que puede marcar una ruta de desarrollo viable y que parece estar más concentrado en participar de discusiones estériles; una administración en la cual parece que cada dependencia funciona como isla con agenda propia y sin un eje articulador, y que ha sido incapaz de en 10 meses mostrar resultados claros en materia de ejecución de obras públicas y que ha demás a la percepción de muchos parece estar penetrada por sectores tradicionales a los cuales prometió combatir.

No es menos cierto y es igual de grave la falta de una oposición de altura, coherente, crítica, programática y propositiva (salvo algunas excepciones), en su lugar encontramos shows mediáticos muchas veces pagos, totalmente irresponsables, irrespetuosos y llenos de falacias, que en nada contribuyen al debate de ciudad.

Pero nada nos extraña en esta ciudad, si tenemos en cuenta la cultura política local, caracterizada por:

1. Sectores alternativos fragmentados poco coherentes y desorganizados, donde priman egos antes que la amor por la ciudad, lo cual ha quedado evidenciado en la incapacidad de elegirse durante 20 años, y en que terminan camuflando entre sus candidatos a las figuras de los sectores tradicionales, como ejemplo tenemos las elecciones de Saray Aguas y Angélica Hodge por el Partido Verde y más reciente los 9 candidatos independientes en las pasadas elecciones a la alcaldía, todos quemados pero incapaces de lograr un proceso de unidad.

2. La gran mayoría de “políticos reconocidos” y “líderes populares” coptados por las mismas familias que siempre han disputado el poder y que han estado involucrados en grandes escándalos de corrupción. Un círculo vicioso de poder en dónde Los Gracias, Los Blel, Los Montes, Los Araujo, El Turcale, La 🐈 son quienes realmente ganan, independiente de quién sea el candidato. Son estructuras electorales clientelistas alimentadas por burocracia y contrataciones estatales, expertas en reciclaje dónde no importa cuántas condenas, escándalos y procesos tengan sacarán nuevas figuras de bolsillo para engañar al pueblo.

3. Liderazgos emergentes que no obedecen a un proyecto de ciudad, si no que surgen con fines netamente electorales y desaparecen del escenario político pasada las elecciones. Que si bien pueden no pertenecer a las estructuras tradicionales, tampoco las combaten, y prefieren coexistir con ellas, bien sea por temor o por estrategia.

4. Electores desinformados, emocionales, y en un alto porcentaje clientelizados, acostumbrados a los 30 o a los 50 mil pesos para ir a las urnas. Pero en su gran mayoría desinteresados, apáticos bajo la premisa de me importaunculismo la política desconociendo que el no tener un trabajo, el no poder ir a una universidad, el no tener un parque a dónde jugar sus hijos es producto de su indiferencia.

Ante todo esto debemos reconocer que la elección de William Dau fue un rechazo contundente a ese ambiente político que siempre ha caracterizado a Cartagena, los que votamos por él de manera consiente sabíamos las dificultades que tendría una administración sin un componente Ideológico que marcara una ruta de gobierno, sin la experticia y experiencia de la gestión pública que resolviera todos los intríngulis de la administración pública. Y sin un equipo de trabajo consolidado y cohesionado que compartiera una misma visión de ciudad que le permitiera un trabajo articulado para la oportuna ejecución pública.

También sabíamos que los grandes perdedores, esos grupos políticos tradicionales que siempre habían tenido el poder no se quedarían quietos y buscarían la forma de reconquistar lo que consideran suyo, y a través de lo cual se han enriquecido.

Desde allí mi posición de aún con todas las falencias seguir apostando por esta administración, hay mucho por recorrer, y mucho por corregir, pero igual que aquel 27 de octubre de hace 1 año Wiliam Dau sigue siendo la mejor opción para que nuestros recursos no fueran a parar en manos de unos cuantos. Y claro que habían más preparados y también con mejor programa de gobierno, pero incapaces de despertar al pueblo dormido y de llevarlos a las urnas por convicción. (Dejando por sentado que al ritmo de los acontecimientos esta posición podría cambiar, y no tendría reparo en asumirlo públicamente)

Para finalizar les recuerdo que William Dau no engañó a nadie, nunca se mostró como el gran estadista, siempre manifestó que no era político, que no tenía conocimiento de lo publicó, siempre fue mal hablado, sin filtro y poco diplomático, y sin una formación ideológica que nos hiciera sospechar el rumbo que tomaría está administración, no fue una fachada de campaña, entonces ¿Cuál es la queja? Porque veo un malestar más centrado en la personalidad del alcalde que en su gestión. Y claro que en una democracia la crítica es necesaria, pero Cartagena adolece de una crítica pensando en la ciudad y no en resacas electorales, ni en oportunismo mediáticos.

Vale preguntarse ¿Cuándo empezaremos a pensar en Cartagena?