“No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Mateo 10:28

Por Álvaro Morales de León

Acudiendo al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, el ente rector de nuestro lenguaje, se encuentra que define como masacres la matanza de personas, por lo regular, indefensas, producida por ataque armado; concepto coincidente con el de la ONU que las establece a partir de tres o más personas que estado de indefensión son asesinadas por parte de un actor armado, pero muy distante a como las define el presidente Duque, “Homicidios colectivos”.

No podemos iniciar dando por descontadas las masacres cometidas por el invasor español contra nuestros aborígenes ni la que ocurrió en nuestro “Corralito de Piedra”, en 1815, cuando el opresor y despiadado Pablo Morillo, buscando reconquistar la ciudad la sometió a 105 días de confinamiento acompañados de hambre, enfermedades y ajusticiamiento de su clase dirigente, llevándola a la aniquilación de un tercio de su población de 18.000 habitantes

En Colombia las mascares, abusos y excesos de la fuerza, entre ellas, las fuerzas regulares del gobierno, las insurgentes y las delincuenciales han sido una expresión a través de toda su historia casi como una manera habitual de acallar a los ciudadanos que piensan diferente, que manifiestan su inconformismo, o reclaman derechos, justicia o equidad social.

Entrar a enumerar las masacres ocurridas en la Colombia actual y en la pasada sería demasiado extenso obligándonos a hacer mención resumida solamente de las más sonadas, reconocidas y recordadas.

El 16 de marzo de 1919, siendo el conservador Marco Fidel Suárez presidente de la república, 20 de los 4.000 sastres que protestaban en Bogotá por la compra de uniformes militares a los Estados Unidos fueron asesinados por la Guardia Presidencial.

Nueve años después, en 1928, durante la noche comprendida entre los días 5 y 6 de diciembre, el ejército colombiano por orden expresa del entonces presidente conservador, Miguel Abadía Méndez, irrumpió en el municipio de Ciénaga, Magdalena, asesinando a miles de trabajadores de la United Fruit Company que reclamaban por mejores condicionales laborales y salariales, en la que se conoce como “La masacre de las bananeras”.

20 años después, en 1948, por causa del magnicidio del dirigente liberal Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril, del pueblo enardecido y levantado por esta causa fueron asesinadas más de 3.000 personas sólo en la capital de Colombia en lo que se conoció como “El bogotazo”, acusándose de tales hechos a las fuerzas militares del gobierno del presidente conservador Mariano Ospina Pérez y, según dicen, a operativos de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos, país gobernado por el demócrata Harry S. Truman.

En 1985, durante los días 6 y 7 de noviembre se produce en Bogotá la llamada “Toma del Palacio de Justicia” motivada por la insurgencia del M-19 que buscaba juzgar políticamente al presidente conservador, Belisario Betancur, por sus incumplimientos a los Acuerdos de Paz firmados un año antes, conduciendo a una de las más grandes masacres, abusos y excesos por parte de las fuerzas represivas del Estado de la que se tenga noticia en la historia reciente de Colombia.

Pero no se pueden dejar de mencionar los ataques terroristas de la FARC en el año 2002 cuando en confrontación con las AUC asesinó en Bojayá a más de 80 de sus pobladores, ni la del 2003 contra el “Club El Nogal” de Bogotá con más de 30 muertos y centenares de heridos.

Tampoco podemos descontar las cometidas por el paramilitarismo, como las de Remedios, Segovia, la Chinita, el Aro, la Chorrera, Ituango y Amalfi en Antioquia; la del “Salao” y Macayepos, en Bolívar; y la de San Vicente de Chucuri en Santander, entre otras, y qué decir de las cometidas por los Carteles de la droga.

Finalmente, ¿Dónde pondremos las 31 masacres que a corte del 3 de mayo se reportan solamente en este 2021, masacres a las que Duque llama “Homicidios colectivos?