Por Ricardo Barrios Montes

Administrador de Empresas y Contador Público

Los colombianos somos personas con un nivel de tolerancia inexplicable, probablemente no es muy difícil argumentar esta afirmación si vemos que en el país del sagrado corazón la gente tiende a indignarse más con un partido de futbol que con la obra y muerte de un líder social, incluso podemos hasta confundir la zalamería empalagosa de la politiquería con el bien y la moral que tan esquiva nos es, a la par de esta apreciación tenemos un país de pocos argumentos cuyo escaso intelecto no le da para comprender el sartal de falsedades que le echan en la cara y que se ha convertido en el bullicio de una turba hueca, tan hueca que solo sabe vociferar aquello que su político preferido le ha regalado como argumento, pero que no pasa de ser un simple fraude tan bajo como el nivel de lectura de aquellos que lo repiten.

En estos tiempos de tempestad política, ya la clase corrupta agazapada con su tan acostumbrada manera de verse regente y engreída determinadora de la existencia de los demás… se esmera en adiestrar su blanca y artificial sonrisa y ponerle el toque de buen culebrero a sus trajes de campaña pues el lobby 24/7 los hará parte del orden del día. Los empresarios, banqueros y dueños de la peor ralea se aprestan para el festejo que encuadra sus intereses más inmediatos, deciden presentarse como conserjes de la pulcritud programática y autoproclamarse voceros de la más inconversa coherencia política poniendo a disposición del pueblo la aparente brillantina de su divino conocimiento como un ademán preelectoral para invisibilizar su cautelosa proximidad durante años a la desastrosa política de espalda al país, un auténtico engaño y el cuentazo del paternalismo farandulero del más alto vuelo pero de ultraderecha.

Y empieza el festejo con el tufo teatralmente indignado, la excesiva impaciencia, y el frenetismo monotemático por la plata, que no permite visualizar entre toda la peste de ratas cual resulta más apostadero, tahúr y fundamentalmente hablador de paja que por sus coloraciones pasara desapercibido, tal cual como lo hacen los pesares y las demandas del pueblo. A esas alturas seguramente verán mejor aprovisionarse de un buen antiséptico para quitarse los sudores de miles de manos incautas que no serán atendidas y solo vistas como sujetos aptos para datos estadísticos, si no les preocupa el avance del rechazo generalizado hacia su clase política mucho menos le serán las propuestas integrales de cara al país, si tan solo sus buenas intenciones pudieran resistir el mínimo debate sin postergarse o soslayarse con el inconfundible tonito que la delata como una estrategia evasiva se podría aplacar la ya incubada ira popular. Son signos que, para un pueblo sabedor de malabares politiqueros, permite descifrar la perversión política y sus artimañas por bloquear la irritación e impedir su desencadenamiento.
Esa cloaca de agua turbia que no se aclara si no hay una tempestad, maneja muy bien la deformación que está en el actuar por fuera de la ley y que se convierte y se asocia a su propia ética, se abre paso entre la fanfarria politiquera la desfachatez de partidos tradicionales y huestes de culebreros y enredadores que más que frenteros son apostadores y enamoradizos de sí mismos. Una de sus técnicas favoritas es pregonar un limitado contenido político con la progresiva fabricación y difusión de una muy particular mitología explicativa sobre la guerra y la paz, como buenos culebreros mientras acomodan sus mentiras, pueden ir insultando y exagerándolo todo y aun así sonar autoindulgentes, hasta en eso son ventajosos y por eso se desenvuelven tan bien en el mortal kombat verbal.

No les apena nada, mientras les apacigüen el estruendoso taladrar de las maquinarias electoreras y les dejen pasar la comparsa circense que espera organizar su elite. Si les toca hacerse los locos para pasar la fiesta encueros, no tienen problema y si les toca cubrir la bochornosa embriaguez de un presidente desnudo que danza sin recato alguno ante la opinión pública, también lo hacen pues sus destrezas en huir hacia adelante siempre terminaran consideradas como actos de mesiánica dramaturgia.

Mas que políticos son negociantes y más que negociantes son embaucadores, por eso se les ha visto atacar con el puñal de su propia jerga. Dicho de otra forma, esto de la corrupción ya no parece ser una escueta y rara falla administrativa, resultante de un tipo puntual de burocracia disfuncional, sino más bien un fenómeno congénito del capitalismo cuando no, de un espinoso fenómeno social que tira de una interminable cadena de vendettas. Lo más delirante de todo, es que estos timadores rezanderos en su doble moral de pecar y empatar quedan como adalides de la nueva forma de hacer política, válgame Dios!