Por Ángel Corrales Santander 

Las redes sociales se han vuelto una realidad tan violenta que pareciese que cualquier pensamiento disímil al dogmatismo reinante en cada doctrina o ideología defendida por alguien es sinónimo de ignorancia, desconocimiento, iletrado, neófito, etc.

Esas batallas interminables para imponer un pensamiento sobre otro, muchas veces resultan tan pobres argumentativamente que me preocupa en demasía el hermetismo de las personas para aceptar la veracidad de los planteamientos esgrimidos por “su contraparte”; y no es que me disgusten las discusiones en sí, sino esa dinámica de referirse en términos peyorativos a quienes piensan distinto, de convertir cualquier asunto en una relación dicotómica: si no eres Petrista, eres Uribista; si no eres feminista, eres machista; si no eres de izquierda, eres de derecha (al parecer ser de centro es una posibilidad vedada en este país), etc. No han entendido que lo importante no son los rótulos en sí mismos y que ninguna ideología tiene una verdad absoluta, razón por la cual debemos estar abiertos al debate con argumentos, a aceptar los errores de nuestras posturas, y no anquilosarnos como movimiento radical bajo el supuesto qué MI verdad es la verdad universal.

Como ya lo dije con anterioridad, las discusiones carentes de argumentos sólidos son una constante, hoy tenemos una gran cantidad de personas – y me preocupa que muchos jóvenes- defendiendo ideales respecto a los cuales no han investigado ni leído en lo más mínimo, creyendo qué porque un personaje público o cualquier red social hace popular una idea, es una verdad absoluta; y así se contagian del comportamiento de los demás y se limitan a repetirlo sin cuestionarse nada, al más puro retrato de lo plasmado en el libro Psicología de las masas y análisis del yo de Sigmund Freud. Entonces observamos a muchos defendiendo el capitalismo sin haberse leído siquiera un libro de Adam Smith, Hayek, Von Mises, Friedman, entre otros; a los que defienden el Comunismo sin haber leído a Marx, Mao o cualquier otro exponente de esta doctrina económica; a los uribistas que se limitan a decir que Uribe acabó con la guerrilla y la inseguridad del país; a los petristas que son el calco exacto de los uribistas en lo adoctrinado, dándole aires mesiánicos a Petro como el único capaz de arreglar al país (sin conocer sus propuestas y que es lo que plantea en definitiva); y a las Feministas radicales… que, bueno, mejor me abstengo de decir algo o emitir un juicio. Y digo esto, no para caer en el otro error común de creer que por el hecho de leerme un libro, entonces lo ahí plasmado es una verdad irrefutable, sino, para que por lo menos las discusiones tengan algo de sentido.

Así pues, me encuentro en la encrucijada qué los libertarios me llaman mamerto; los comunistas y socialistas, un empedernido capitalista de garaje; los uribistas me dicen petrista y los petristas “uribista moderno”, del feminismo no opino nada, porque no me han bajado de misógino y que por ser hombre no entiendo su lucha, entonces no puedo opinar y, como no soy intransigente, mejor no digo nada, puede que tengan razón.

El caso es que creo que todos tienen un poco de razón, porque sinceramente y, parafraseando a Residente, mientras más leo y pasan los años me contradigo cuando pienso. Así pues, para que ninguno suelte su ráfaga de diatribas sobre mí, les digo que tienen razón y que soy todo y no soy nada a la vez.