Por Sebastián Aristizábal Pérez

Asesor de Prensa

A pesar de la esperanza que ha despertado la producción y llegada de la vacuna para la Covid-19 a decenas de países, el número de muertos aumenta dramáticamente cada día. En Colombia ya pasamos los 50 mil fallecidos y somos el tercer país que peor manejo le ha dado a la pandemia superando solo a Sudáfrica y México, de acuerdo con el medio estadounidense Bloomberg.

A la triste cifra de muertes se sumaron Carlos Holmes Trujillo García, quien venía desempeñando el cargo de ministro de Defensa del gobierno de Iván Duque y el líder sindical Julio Roberto Gómez, entonces presidente de la Central General de Trabajadores (CGT). Ambos de orillas distintas, con pensamientos opuestos y aspiraciones diferentes, pero, al fin y al cabo, colombianos que con su partida dejaron hondas heridas en sus familiares y amigos.

Tanto en las redes sociales como en los medios de comunicación se hizo una amplia discusión moral frente a Trujillo García: la vieja encrucijada de si existe o no muerto malo. Ante la trágica noticia se pronunciaron expresidentes como Samper, Santos y Uribe, todos concordaron con la entrega del exministro con el servicio público; así mismo, la oposición envió mensajes solidarios como los escritos en Twitter por Gustavo Petro y Jorge Robledo, que reconocieron que por encima de las diferencias está la vida.

Sin embargo, dejando a un lado la cordialidad y el deber ser, personas celebraron el fallecimiento de Carlos Holmes, como si su muerte calmara el dolor de las familias de más de 570 líderes sociales asesinados durante la era Duque, o reivindicara el homicidio de 8 niños durante un bombardeo del ejercito en Caquetá (ordenado por Luis Fernando Navarro, quien quedó como ministro encargado).

El exministro Carlos Holmes deja dos legados; de una parte, un funcionario público con una hoja de vida difícil de igualar: alcalde de Cali, constituyente, ministro de educación y de interior, alto comisionado de paz, cónsul, embajador ante la OEA, y ante más de 9 países y Canciller, entre otros.

Y, por otro lado, una serie de acciones y omisiones como ministro de Defensa que causaron dolor y desconsuelo en los colombianos. Pues siendo el jefe de esta cartera, se cometieron abusos policiales en las manifestaciones del 9 de septiembre y tras el asesinato de un estudiante a manos del ESMAD dijo que el dictamen de Medicina Legal no era correcto, que no había sido un homicidio.

También, bajo su gestión aseguró que se debía volver al glifosato para combatir cultivos ilícitos, permitió la llegada de soldados americanos sin consultarlo al Congreso y quiso reducir el impacto de las masacres llamándolas homicidios colectivos.

Pero continuar con una discusión que no se resuelve con la muerte de un ministro, continuar avivando el fuego del odio entre colombianos, nos convierte en lo que repudiamos; hace 4 años firmamos un acuerdo de paz que marcó el camino hacia el perdón y la reconciliación, por eso, deberíamos entender que esta semana murió un colombiano, pero no con él los problemas de violencia del país.

Haber decretado 3 días de luto nacional en un momento tan álgido tampoco cayó bien porque, a pesar de ser por las más de 50 mil víctimas que ha dejado la pandemia, se interpretó como si fuera en honor al ministro, una muerte privilegiada y de nuevo, una vida menos fue un motivo más para dividirnos.

Les dejo parte del mensaje que escribió Petro, que, aunque difiero en la mayoría de sus posiciones, hoy lo respaldo: La controversia y el contradictor debe tener como base común, el respeto por su vida.