Por: Luis Carlos Brunal Ramírez.  

Luis BrunalEl mundo del futbol se ha visto en guerra con las últimas noticias sobre la creación de la Superliga europea, comandada por 15 de los equipos más influyentes y poderosos del viejo continente. Dicho anuncio no tardó en hacer eco en el panorama deportivo, dado que la creación de esta nueva competición viene cargado de pros y contras que han dejado a los expertos, fanáticos y no tan fanáticos a la expectativa de lo que sucederá una vez la pelota ruede bajo este nuevo formato.

Los equipos que lideran este proyecto, o como se hacen llamar ellos mismos, equipos fundadores, cuentan con nombres importantes como lo son: Real Madrid, Barcelona, Atlético de Madrid, Juventus, Inter de Milán, AC Milán, Liverpool, Manchester United, Arsenal, Chelsea Manchester City y Tottenham Hotspur.

La Superliga Europea, cuyo formato se basa en dos grupos de diez equipos cada uno, en el cual jugarán todos contra todos a partidos de ida y vuelta, de los cuales saldrán cuatro equipos de cada grupo y a partir de allí tendrá el mismo formato de eliminación que la Champions League. A priori, esta idea no debería verse como mala, ya que se contará con los mejores equipos de Europa, los cuales batallarán por la corona en duelos que los aficionados del deporte mueren por ver. Sin embargo, es aquí donde radica uno de los principales problemas acerca de la creación de esta nueva competición.

Como fanático del deporte más hermoso del planeta, no puedo hacer menos que prestar atención a lo que se ha visto en las últimas horas acerca del tema en cuestión, y no puedo dejar de pensar ni por un momento en el trato que se les está dando a los hinchas, la principal razón por la que este deporte respira, vive y sobrevive. Los hinchas, quienes estamos con nuestros equipos en las buenas y en las malas, quienes lloramos de alegría al ganar un título, y lloramos de tristeza al descender de categoría o perder una final por un gol en el minuto noventa. Parece que el fantasma de los negocios se ha apoderado casi por completo del deporte, dejando de lado el sentimiento de fanatismo que en él se encontraba y que movía las fibras de cada uno de los que veíamos los partidos con la misma ilusión de siempre.

La intencionalidad de rechazar de manera categórica la creación de nuevas competencias con el fin de crear nuevos aficionados y generar entretenimiento, porque no olvidemos que el futbol y el deporte en general fungen como entretenimiento. Me parece que dicha postura de rechazo no es la correcta en su totalidad, ya que no se puede penalizar a dichos equipos fundadores por buscar nuevas formas de entretenimiento. Sin embargo, y es mi principal problema con la Superliga, el formato que se intenta plantear no es el adecuado ya que atenta contra todas las bases de cualquier deporte por el que se compite, y es la misma competitividad, la meritocracia deportiva y la satisfacción de haber ganado un trofeo por el cual luchaste para entrar, llegar a la final y levantar la copa. Dichos valores que tanto se expresan a lo largo de las competiciones, valores de solidaridad, comprensión e inclusión parecen quedar a un lado una vez los billetes comienzan a faltar y empieza a ser la supervivencia del más rico, o en este caso, de los más ricos.

Mucho se ha logrado a lo largo de los años en el panorama futbolístico en tema de contratos televisivos y de entretenimiento en general. Si bien es sabido de los escándalos de corrupción por parte de los organismos que mandan sobre los equipos y selecciones como la UEFA y la FIFA, es imposible ignorar que se ha logrado el cometido de poner en marcha eventos deportivos funcionales y exitosos. Casos como el Mundial Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y Rusia 2018, son algunos de los eventos que han cumplido y excedido las expectativas tanto de negocios, como la de los críticos más exigentes, los hinchas. Y es que estas competiciones guardan una cosa en común, el factor sorpresa, el factor de no saber qué va a suceder una vez el juez de el pitazo inicial y la pelota ruede, en ese momento, en esos noventa minutos, no hay billetera que gane un partido, en ese momento ganará quien más lo merezca, y es ese el factor que falla con el nuevo formato de competición ya que al quitar el factor sorpresa, se quita gran parte de la emoción por la cual vemos este deporte.

En palabras del gran Diego Armando Maradona, “la pelota no se mancha”, y parece que estas palabras no van más allá de palabras sin sentido de una persona que desgraciadamente ya no se encuentra con nosotros, pero, al confundirse el negocio con el sentimiento deportivo y competitivo, se está manchando la pelota de una manera que nunca se había hecho. Reitero que no me parece mal la creación de dicha liga, pero estoy en contra del formato que se quiere implementar, un formato que borra del panorama las narrativas de David y Goliat para sustituirlas por guerras de dineros y de poderes que no van a cambiar, y que por más mal que un equipo fundador lo haga en dicha competencia, no va a ser penalizado deportivamente por ello.

El futuro parece estar lejano de un futbol en armonía, en el que la polémica y las guerras declaradas no sean epicentro de las noticias deportivas. Una vez pase el vendaval y todo esté sobre la mesa, declaraciones y amenazas como las de la UEFA en relación a los impulsadores de la Superliga Europea me dejan con un solo interrogante, que a decir verdad es el más importante.

¿Y ahora qué?…