Por Felipe Carrerá

Mientras el país entero se encuentra en un debate técnico entre sí vale más la vida de un policía, de un civil o la de todos por igual, a mí me surgió una duda. ¿En qué momento una población oprimida, que está siendo vulnerada de manera severa, está en la potestad de alzarse en armas sin ser tildados de terroristas? Esta pregunta la hago con referencia a los momentos en los que la historia ha llamado héroes a aquellos que se levantaron en contra de gobiernos represivos.

Benkos Biohó por ejemplo, la resistencia que caracteriza a este tipo de personajes es sublime. Nadie, absolutamente nadie se atreve a atacar éticamente el actuar de la rebelión de los esclavos cimarrones. Esto es un punto muy interesante ya que nadie se atreve a refutarlos, nadie se atreve a decir que lo que hicieron estuvo mal y que la rabia que sintieron contra el status quo de la época no estaba justificado. Pero claro, todos conocemos los atroces crímenes de la esclavitud.

Y es que la resistencia es algo muy humano, la resistencia, yo considero tiene un poco de magia, que hace que el ser humano se levante contra los peores regímenes, estando incluso consumido por el letargo del miedo. Como se dice en la canción El Aguante de Calle 13, “aguantamos Videla, a Franco, Mao, Ríos, Mong Mugabe, Hitler, Idi Amin, Stalin, Bush, Truman, Ariel Sharón y Huseín.”

Muchas de las rebeliones en contra de estos gobiernos son consideradas heroicas, como contra Stalin en las repúblicas soviéticas, la cantidad de movimientos armados en la guerra sucia en Argentina y pues los españoles, inventores de la guerra de guerrillas cuando enfrentaron la invasión francesa para luego revivirla bajo la temible dictadura franquista y el ejemplo más claro, los levantamientos del este de Europa en contra de la ocupación Nazi.

Ahora, otro punto importante en nuestra historia en que se evidencia esto es nuestra independencia. Parece que después de las primeras disputas por el poder republicano, al pueblo colombiano se le olvidó por ejemplo lo que había ocurrido en Pasto a manos del ejército de Bolívar, en la que masacraron a 400 personas en un acto desmesurado del peor tipo de venganza o del fusilamiento de José Prudencio Padilla, un acto que acabó con el que pudo haber sido el primer presidente negro de Colombia.

Aun así, en todo el norte del continente tenemos estatuas de Bolívar. Pero todos conocemos los crímenes de los españoles y consideramos aquella rebelión una gesta legendaria que nos dio origen como nación. Ahora, metiendo el dedo en la llaga todavía abierta de nuestra historia reciente, en un acto de resistencia se crean todas las guerrillas del país. Por ejemplo, el M-19, que se alzaron en armas en contra de unas elecciones amañadas y que les hicieron la vida imposible a todos los presidentes de las siguientes dos décadas.

El problema es que muchos todavía justifican la represión de aquella época, incluso he tenido, lamentablemente, compañeros que se atreven a justificar los desaparecidos, el estado de excepción y las claras violaciones a los derechos humanos, con el simple argumento de que los guerrilleros eran peores. Gracias a la JEP ahora pues más o menos vamos a enterarnos si eso era verdad, el problema es que el actuar del gobierno de Guillermo León Valencia o de Turbay son tan terribles como para encerrar todas sus estatuas en museos.
Esto muchas personas lo quieren negar, porque todavía justifican los crímenes de estado argumentando que los otros (el enemigo público de la dictadura) son peores. Esto no es un argumento. Esto es entregarle un fusil cargado a una persona desquiciada, el estado, en su calidad de estado legítimo y de tener que mantener el monopolio de la fuerza legítima, tiene que ser superior moralmente al enemigo público.

Es simplemente una locura como partes de la ciudadanía, en plena ignorancia de lo que dicen, piden enfrentar piedras y escudos de hojalata con fusiles y pistolas. La diferencia de todos los dictadores mencionados por Residente en El Aguante y nuestro intento de dictador es que el nuestro pretende poner de enemigo público a un encapuchado, haciendo de cualquier persona menor de 30 un posible terrorista.

Esto trae repercusiones gigantes, que ya estamos viendo la fuerza pública, con o sin orden directa, ven un terrorista en cada joven que tenga la capacidad de levantar una piedra. A día de hoy, esto ha cobrado la vida de 37 personas y no hay justificación para ello, no hay nadie que responda, es miedo de todos lados, el del escudo de hojalata al enfrentarse a tanquetas gigantes, armaduras, perdigones y pistolas y por otro lado al policía que quiere volver a su casa con su familia.

Por eso es que juzgar a los asesinos directos es inmoral, porque ellos también han sufrido el terror impartido por el gobierno, porque eso les dijeron que estaba bien, porque quieren un país mejor y les dijeron que esa era la manera. El problema es que hay una fina línea que el estado no debe, o no puede, cruzar, esa línea divide la rebelión apoyada masivamente por el pueblo enardecido (como el M-19) del terrorismo ilegitimo (como actualmente el ELN).

Esto no es más que un simple pedido a los gobernantes de turno a no usar el estado de tal manera que lo pueda perjudicar, una rebelión que aparezca en este momento, sería lamentablemente justificada por el pueblo enardecido después de 37 asesinados. No debemos repetir nuestra historia queridos gobernantes, no condenen a Colombia a otros cien años de soledad excusándose en lo malos que son los que les tiran piedras a los fusiles, porque cuando menos se den cuenta, estaremos una vez más debatiéndonos entre sí vale más la vida de un policía o de un civil, sanando las heridas de 70 años de una guerra que hace ya muchas décadas perdió todo sentido.