“Olvidamos que el ciclo del agua y de la vida es uno solo”, Cousteau.

Por Álvaro Morales de León 

Como cartageneros, su estado nos avergüenza. Es el Caño Juan Angola. Su natural condición parece ser la insalubridad, la hediondez y la putrefacción, y así se identifica por sus podridas aguas; pero también la inseguridad y los abusos con sus orillas son testigos de su deterioro.

Sobrevive a las incumplidas promesas de su intervención, de su recuperación y hasta de su saneamiento. Es el legendario Caño que hace tránsito por gran parte del territorio de este distrito al que llaman turístico.

Las supuestas intenciones para su recuperación siempre han quedado atrapadas en el laberinto de los conflictos e intereses económicos y particulares que motivan a ciertas organizaciones ambientalistas o sociales de la ciudad que creyéndose dueñas de todo lo que sobre el Caño se proyecte realizar se disputan como aves de rapiña los recursos del presupuesto que se destinan para las iniciativas de su rehabilitación.

Ya dijimos, es un Caño que se convirtió en fuente generadora de insalubridad, por demás sabida, la que prospera ante la displicencia y negligencia de las autoridades de la ciudad, y se hace sentir no solo con la repugnancia de los olores que de él emanan, sino también con el altísimo riesgo en que viven los que habitando en su área de influencia son víctimas de la manada de mosquitos que de sus aguas y vegetación salen en busca de sus presas para inocularle virus de endémicas enfermedades febriles.

También a su deterioro ha contribuido la inseguridad representada en la delincuencia que a toda hora acecha y merodea en su entorno utilizando como guarida de sus fechorías las espesas y tupidas orillas de su intrincado y descuidado manglar.

Con el advenimiento de Transcaribe se nos ilusionó con el cuento que el tal Sistema, dizque “intermodal”, implementaría, un servicio de transporte acuático que utilizaría, entre otros, este cuerpo de agua; pero que va, esta empresa está sobre sus seis años de servicio, y nada ha pasado.

El Caño, el Juan Angola, fue en pretéritas épocas un importante corredor biológico de aguas limpias que al igual que las de las Lagunas del Cabrero, Chambacú, San Lázaro, Bazurto, y las Ciénagas de Las Quintas y la Virgen, fueron aguas aptas para el desove y abundante riqueza ictiológica, pero hoy, hasta la falta de cultura ciudadana ha acabado con esta riqueza.

No hay lugar para la discusión sobre la importancia biológica y ambiental de la vegetación manglar insertada en sus orillas, porque es obvio su beneficio; pero lo que sí cae en el campo de la exigencia es el mantenimiento y cuidado de esta sobreabundante y descuidada vegetación a lo largo de sus riberas.

Toca preguntarse, ¿y dónde se evidencian los chorros de dineros invertidos en la supuesta cultura ciudadana por parte de los entes ambientales de la ciudad y la región para impedir que se le siga arrojando todo tipo de basuras e inmundicias al Caño, responsables de su agotamiento y deterioro, su estrechamiento, insalubridad e inseguridad.

¿Y cuándo se obligará a la Aeronáutica Civil para que restituya la desembocadura de este cuerpo de agua en la Ciénega de la Virgen, la cual estranguló para darle paso a la construcción de un puente en su pista de carreteo?

Finalmente, grande debe ser el dolor que en su tumba pueda estar sintiendo el bolivarense excongresista Alfonso Romero Aguirre cuando en 1937, hace 84 años, abanderó la promulgación de la ley 62 del mismo año, logrando que se dejara establecido el ordenamiento legal para el saneamiento de los caños, lagunas y ciénagas de la ciudad de Cartagena.