Por María Teresa Mateos Romero 

Anarquista indomable. Decidió dedicarse a ese trabajo para cooperar con la lucha y concretar La Nación de la No Nación.

Su empeño en consolidar su empresa; pensando siempre que si un gobierno había de extir, debería ser capaz de proveer a los habitantes una sepultura digna.

Bajo ese frívolo pensamiento decidió entonces depositar cada peso recaudado en su labor a la lucha por materializar la utopía de La Nación De La No Nación; utopía que a la luz de los días que corrían ya no lo era tanto.

Sabía en el fondo que la empresa consistía en desangrar lentamente el bolsillo de quienes mes a mes depositaban sus aportes económicos para cuándo llegue la hora del fin no causar molestias; simplemente ocuparse de llorar o transitar la pérdida y, le producía tanto placer saber que a quienes desangraba eran los mismos que lucharon para que la utopía fuera borrada de la historia.

Le bastó solo ser concreto en su hazaña, y aplicar rigor. Nunca dejó a ningún difunto sin ataúd, pero sobretodo dejó la idea de una nación que fuera solo un oxímoron necesario para las cuestiones operativas.

40 años viviendo para dentro, desde que a sus 20 años heredó la funeraria de su padre. Ese día sentía ya ganas de irse. Salió a recorrer las calles de la ciudad, llevaba la sonrisa más plena y calmada que se puedan imaginar. Estaba satisfecho de una manera distinta, tenía la satisfacción de sentir la libertad de haber hecho lo que hizo sin ningún error, y lo que era mejor con los resultados esperados.

Esa noche el dueño de la funeraria cenó en su restaurante favorito; pertenecía a un hombre que también hacía lo mismo que él; ayudar a la militancia de la libertad, para no ser gobernados nunca más. Ya había muerto hacía varios años, pero siguen preparando el mejor estofado de verduras; lo disfrutó al máximo, incluso se animó a tomar un poco de abcenta. Volvió a casa caminando; se sentía con la fuerza de un adolescente; bien valieron la pena las hora invertidas en ejercicios. El clima era perfecto, vió a muchas caras conocidas durante su paseo, agradable como siempre y en especial ese día, casi volaba resplandeciente.

13 de enero de 1.935 tras la salida del sol con un manto de rocío que dejaba en el ambiente una aroma a nostalgia eufórica. El dueño de la funeraria exhalaba sus últimas bocanadas de aire, de a poco el elixir de la vida se fue agotando para él. Y las 7 de la mañana con su último aliento exhaló una sonrisa.

(De la serie Puros Cuentos)