Por José Vicente Figueroa

Las ínfulas del prototípico colombiano feliz penden entre la sumisión presidencialista, y la satanización y barbarie hacia el rebelde-civil. Hacia el joven, campesino, minoría étnica, homosexual, izquierdista, mujer feminista, docente, obrero, entre otros, que proponen sujetos sociales distintos a la normativa: el asalariado-endeudado conforme con la precariedad, el abuso de poder institucional, la impunidad y la corrupción.

Ese colombiano que reza “no marchar, sino producir”, en la comodidad de uno o dos salarios mínimos mensuales, que le permite sobrevivir en barrios clase media-baja de la metrópolis. Ese estirpe conservador del “buen vivir” que plácido arremete contra los “rebeldes-vagos”, en los comentarios de Facebook y las noticias tradicionales.

Ese que jamás pudo abandonar nuestro país por mejores oportunidades. Ese que permitió el 4×1000, la ley 100, la reelección presidencial y el recorte de las horas extra, con tal de evitar transformarse en “subversivo-guerrillero”. Ese que echa tierra y olvido sobre las tumbas de los falsos positivos. Ese reportado en datacrédito, que grita a pulmón que los colombianos somos felices.

¿Cómo podría ese sujeto enseñarnos el camino virtuoso? Frente a cualquier posibilidad de reivindicación de derechos en marchas pacíficas, vocifera que esas no son las formas; que el país “ya está en paro”; que no es necesario; son bobadas. Lo ideal, sugiere, es volver a ejercer el voto en cuatro años y esperar. Mientras tanto, no obstante, “los colombianos del buen vivir” deben guardar silencio cuando el Estado pretenda hacer trizas el acuerdo de paz, cuando proponga subir el 19% a ciertos productos de la canasta familiar, cuando compre aviones de guerra y camionetas en lugar de invertir en escuelas u hospitales, cuando bebamos glifosato en lugar de agua limpia, y maten sistemáticamente a los líderes sociales. Finalmente, todo ello es preferible a que gane las elecciones la “izquierda-radical” financiada por Venezuela y el Foro de Sao Pablo.

Lo curioso del asunto es que el prototípico colombiano descrito pueda que nunca despierte de su sueño precario. Por el contrario, fallezca algún día sentado en su sofá, sin pensión ni ahorros, esperando la cita de la EPS. Y minutos antes de morir, frente las noticias de la televisión, rece: “yo no marcho, yo produzco”