Por Ambrosio Fernández

La pandemia avanza en Colombia y en el mundo, y se empiezan a cumplir los peores temores que se advirtieron al inicio de esta pesadilla que ya completa 8 meses desde que se detectó oficialmente el primer caso en el país. El primero de ellos y más obvio es que la situación va para largo y seguirá cobrando vidas hasta que la vacunación sea masiva y para eso todavía faltan varios meses o incluso años y el segundo es que el Covid-19 y las medidas para afrontarlo han sido devastadoras para la economía y especialmente para los sectores más vulnerables.

Tan pronto el virus hizo presencia en el país, empezaron a aparecer nubarrones bastante negros en el horizonte que hoy parecen materializarse no solo con los estragos del huracán ETA en el Caribe colombiano, sino con las cifras puras y duras que muestran que el hambre aumentó y que Cartagena es una de las más afectadas. Según los más recientes resultados de la encuesta Pulso Social del DANE, en la ciudad en 2019 el porcentaje de hogares que anotaron consumir las tres comidas al día era de 81%, mientras que para el mismo periodo de 2020 era solo de 40%.

Las cifras engloban un drama social de proporciones alarmantes que se extenderá por años y que si no sabemos manejar, se convertirá en una trampa para el progreso de la ciudad. Muchos hogares se están yendo a dormir con hambre, hogares donde hay niños que probablemente, y que de acuerdo a la evidencia científica, van a ver truncado su correcto crecimiento, desarrollo y por ende su aprendizaje, lo que inevitablemente hará que estos niños y niñas pierdan posibilidades para mejorar su calidad de vida en el futuro.

Los días pasan y a pesar de que en otros indicadores macroeconómicos como empleo e inflación, Cartagena presenta resultados más favorables, el tejido social está fuertemente golpeado y requiere de acciones contundentes en el mediano y largo plazo que van más allá de repartir mercados o dar declaraciones mediáticas. Mientras que Bogotá, Medellín, Barranquilla y Cali ya tienen robustos planes de reactivación. Aquí aunque hay medidas, las estrategias avanzan a media marcha y desencajadas.

La lucha contra el hambre y la pobreza en Cartagena requiere de decisiones gerenciales y en muchos casos impopulares, pero también de un gran diálogo social que genere confianza; y esa es, a pesar de ciertos aciertos en los momentos más agudos del primer pico de la pandemia, una de las principales falencias de esta administración. Es necesario un viraje de timón, ojalá el capitán del barco pueda reconocer esta necesidad.