Por Julio Macott

Lo van a extrañar. Si los semidioses confusos de las encuestas no se equivocan una vez más, a principios del año próximo –¿existe el año próximo?– los Estados Unidos de América ya no serán gobernados por el Gran Mal o Gran Bufón o Gran Vergüenza de los Gringos Buenos. Lo van a extrañar tanto.

Todavía les quedan unas semanas para horrorizarse y sentirse superiores y explicarnos por qué son superiores: americanos buenos, buenos americanos, demócratas sin tacha. Trump es una beca Guggenheim al cubo: los hace sentirse tan probos, tan cabales, tan morales, tan de esos adjetivos que no se sabe bien qué significan –pero los señores ídem siempre blanden.

Mientras tanto, pocas personas han hecho más que Donald Trump por mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo. Lo hizo, al asumir, con carácter retroactivo: su torpeza calculada, sus modales astutamente idiotas convirtieron al país de Obama –y Bush y Clinton y Bush y Reagan– en un vergel de paz y concordia y justicia y amor y paz de nuevo.

“Vivimos una edad de oro de la democracia americana”, escribí en los días de su asunción, enero del 17, “pero no es esta sino la que acaba de terminar: la que la irrupción del señor Trump cerró con cólera y estrépito”. Y seguía diciendo que era un mecanismo clásico y que no había mejor forma de creerse que los Estados Unidos eran un país maravilloso que compararlo con el estropicio que Trump amenazaba producir. Frente a eso que venía, lo que había quedado atrás era un portento.

Y me sorprendían tantos articulistas, políticos, intelectuales que lloraban a gritos la desaparición de aquel paraíso. “Es curioso. Hablan de un país donde las diferencias sociales y económicas ya son extremas: donde el famoso uno por ciento más rico posee más de un tercio de todas las riquezas, donde sus ingresos se triplicaron en los últimos 30 años mientras que los de la mitad más pobre de la población se estancaron. Un país que se gastó 800.000 millones de dólares en salvar a los bancos que casi lo hunden –llevándolo a una crisis por la que nueve millones de personas perdieron sus trabajos en un año”.

Trump lo hizo, decíamos, al asumir, y lo va a hacer de nuevo ahora que se irá. Mientras tanto, su país siguió siendo ese país durante sus cuatro años de poder, solo que con más bulla, más grosería, menos cinismo. No miren lo que digo, miren lo que hago, suelen decir los magos de la política. Y, más allá de bravatas y sandeces, lo que hizo Trump es más cháchara que hechos. O, por lo menos, en la práctica, su administración no fue tan diferente.

Tomemos uno de sus temas más ruidosos, más cercanos: su política con los migrantes. Números, los famosos datos: la administración del liberal Obama, tan amable, tan solidaria, deportó, en sus ocho años, a 2.800.000 inmigrantes –la mayoría, hispanos. Trump llegó al poder rajando contra ellos, hablando de bad hombres y muros y patadas en el culo y, en sus tres años de gobierno, deportó a 750.000 migrantes. Va de nuevo: Obama consiguió un promedio de 350.000 al año; Trump apenas llegó a los 250.000, un 30 por ciento menos. Y se pueden encontrar datos semejantes en multitud de campos. Un solo ejemplo, concluyente: a diferencia de Obama, Bush y Clinton, Trump no inició ninguna guerra.

Pero también se puede, gracias a Dios, encontrar cantidad de escándalos y escandaletes y exabruptos brutos que mantienen bien alta su bandera. Trump está a punto de completar su trabajo: había limpiado el concepto anterior de su país; ahora está terminando de limpiar el posterior. Su administración será recordada por los biempensantes del mundo como una cima del horror, la sima de la decadencia americana y, de ahora en más, durante años, el gran mérito de América será no ser la América de Trump. Nos lo repetirán sin cesar los americanos buenos de los medios buenos y otros salvadores de ese país tan demócrata que ha gobernado el mundo a través de guerras y conspiraciones y matanzas.

Ahora, por suerte, viene un señor sensato y todos vamos a celebrar la vuelta de la razón y las buenas formas a la jefatura de Occidente. Vamo’ a ser felí, como diría Riquelme, porque el señor Biden habla razonable –mientras intenta recuperar el poder perdido.

Porque si algo le reprocha el establishment americano –y occidental– al pobre Trump, si por algo va a tener que irse, es que con sus fantochadas y desplantes y patriotismo Big Mac se aisló, abandonó en distintos campos la “posición de liderazgo” en el mundo que su país mantiene desde hace un siglo. Y que, so pretexto de hacer más grande a América la sacó de muchos espacios que le servían para eso y la achicó y dejó que la China creciera. Por eso, ahora, deben reponer a un clásico: en un país que usa el adjetivo unamerican -no americano- como descalificación, Joe Biden, exponente del genuino sabor americano, un empleado de la política desde 1970, tiene sobre todo el trabajo de recuperar esa “posición de liderazgo” que tan bien conocemos.

Nada le va a resultar más útil, para esa tarea ardua, que apoyarse en la necesidad de limpiar el “desastre de Trump”. Trump, como suelen los buenos, será tan útil muerto como vivo. Hay gente que sí sabe sacrificarse por su patria: Donald Trump, bum, bum, chao.