Por Orlando Oliveros Acosta

Ya, en serio, dejemos de ver el Canal RCN. Yo lo hago desde hace más de veinte años, cuando pasaban ‘Betty, la fea’ y el comercial de Bretaña al mediodía auguraba la hora del almuerzo. Desde que el uribismo subió al poder, RCN ha desempeñado el papel de un sedante cerebral cuyos programas ridículos y anodinos aseguran en la mente del espectador el mismo efecto de una lobotomía. Los dueños de este canal, acaso amigos íntimos de los dueños del país, nos prefieren brutos. Por eso su parrilla está llena de frivolidades, de carne chamuscada destinada a producirnos una indigestión mental. A RCN le queda perfecta la descripción que en un cuento hizo Ray Bradbury de la televisión: “esa Medusa que petrifica a un billón de personas todas las noches con una fija mirada, esa sirena que llama y canta y promete tanto, y da, al fin y al cabo, tan poco”.

No vean RCN. Es tan nocivo como meterse una antena por las fosas nasales para puyar la materia gris. Su noticiero, probablemente el peor de todos los que existen en Colombia, es una caja de resonancia de la ultraderecha. Muchos de los periodistas que allí trabajan están subyugados a una línea editorial infame que encubre los errores del Gobierno y desconoce las protestas legítimas de los ciudadanos. Ya eso no parece un noticiero, sino un órgano de propaganda estatal. Ni siquiera los canales públicos se han arrodillado de esa manera. De ahí el sobrenombre que le han inventado en las calles a partir de sus siglas: Radio Casa de Nariño. Bastante apropiado, por cierto, pues sus directivos han construido un mundo paralelo donde el país está en orden y el presidente Iván Duque es el héroe en todas las noticias.

Un ejemplo de esta distopía mediática lo sufrió Cali. En la capital del Valle del Cauca la ciudadanía salió a marchar contra la Reforma Tributaria y RCN aprovechó los videos de los marchantes congregados para informar que los caleños “celebraban” que el presidente los había escuchado. Cali, la ciudad donde la fuerza pública ha cometido más asesinatos durante las protestas, “celebraba”.

Duque y el uribismo tienen con RCN un medio que lava sus rostros y desprestigia las luchas de los colombianos. Esto me hace pensar en una advertencia, casi profética, de Gabriel García Márquez. Se la hizo a Darío Arizmendi en mayo de 1991 durante una entrevista concedida a Caracol Radio: “Si todos los horrores que han sucedido en Colombia no han acabado con ella, queda todavía el riesgo de que el periodismo mal hecho sí acabe con el país”. Hemos pasado del cuarto poder a un periodismo de cuarta. Queridos televidentes, sean dueños, al menos, de su control remoto. Ámense, no vean RCN.